miércoles, 26 de febrero de 2014

"Coincidir" de Alberto Escobar y Raul Rodriguez


Esta canción ha sido versionada por muchos intérpretes, para mi gusto la mejor es la del duo "Mexicanto" (David Filio y Sergio Felix)
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martes, 25 de febrero de 2014

Tengo que dejar la bebida


Tengo que dejar la bebida, ayer en la taberna me ocurrió algo difícil de explicar, fui al servicio algo perjudicado y al salir, mis pasos iban hacia atrás, cuando yo quería ir hacia adelante, el caso es que mi espalda golpeó la puerta del almacenillo y se abrió, caí sobre unas cajas de botellas de vino y me quedé allí sin poder levantarme, creo que me dormí… o me desmayé, no sé, lo cierto es que cuando pude moverme habían cerrado la taberna y me habían dejado dentro.
Yo creí que estaba abierto porque oía voces; a gatas con mucha dificultad recorrí el oscuro pasillo hasta la esquina donde estaba la máquina tragaperras y tumbado a la larga, acerté a vislumbrar la barra al fondo, entonces me quedé estupefacto. ¿Será esto un delírium trémens de esos que dicen? ¿Lo habré soñado? ¿Ocurrió de verdad?
La luz cenital que iluminaba con cuatro focos la barra y las luces de colores que proyectaba la máquina tragaperras era toda la luz que había, el resto era penumbra. Pero precisamente allí, sobre la barra iluminada, como si de una obra de teatro se tratara, se había organizado lo que parecía ser una rueda de prensa.
Una botella Pingus 2000 tras un servilletero plateado, manoseaba los gemelos de oro de las mangas de su camisa que sobresalían del impecable traje oscuro, mostrando un nerviosismo mal disimulado.
Tras la pletina de bronce que unía los mármoles de la barra se amontonaban vasos de tubo, copas de vino, vasos de chiquito y tazas que, con micrófonos y bolígrafos, pedían la palabra.
-¡Señor Pingus, Señor Pingus! ¿Qué nos puede decir del caso “sacacorchos”?
- ¡A ver! ¡Primero pónganse ustedes de acuerdo, porque yo no puedo contestarles a todos a la vez! ¡Usted, pregunte usted!
- Don Pingus, con la mano en el corazón, ¿Cómo puede soportar esta presión mediática al que le tienen sometido los medios de comunicación traidores y terroristas?
Buuu, jooooer, ya está la copa alta de siempre… y comentarios así, se dejaban oír entre la turba de vasos y copas.
-Me alegro de que me haga esta pregunta, estamos sometidos a la mayor presión que jamás ha soportado nadie, nos encontramos ante una persecución sistemática y destructiva sin parangón, esos mezquinos vasillos de chiquitos, incluso, mire usted, algunas jarras de cerveza, sí, me ha oído usted bien, ja…rras… de… cer…ve…za, se lanzan a descalificar a los caldos más exclusivos con una absoluta falta de ética y sentido de taberna que nunca ha visto la historia. Todo y digo todo, aquello, de lo que nos acusan, es absolutamente falso, fruto de una manifiesta maquinación manipuladora y burda, salvo algunas cosas, que tal. Y si no hay más preguntas…
-¡Pero oiga! ¡Qué nosotros queremos saber si el señor de la Vega y Sicilia piensa devolver el sacacorchos!
-¡Usted no tiene la palabra! ¡Ya sabemos quién es usted! ¡Usted es un esbirro de las botellas de cerveza! Bueno… botellas de cerveza, ¡¡¡botellines de cerveza!!!, sí, me ha oído usted bien, ¡botellines de cerveza! que es la definición adecuada, y la que se merecen. Porque en primer lugar, usted debería saber que la presunción de inocencia es la base fundamental de una justicia democrática. En segundo lugar, la independencia del consejo del tribunal de las cubas es otro de los principios fundamentales del estado de tabernas, y en tercer lugar… pues eso… que nadie es inocente mientras se demuestre que... tal. Bueno, me van a disculpar, pero yo soy un hombre muy ocupado…
-      ¡Por favor Don Pingus, díganos algo del asunto que nos ha traído aquí!
-      A usted no le conozco ¿de qué taberna es usted?
-      De la taberna de enfrente, ¿Nos podría aclarar alguna cosa de este oscuro caso del sacacorchos en el que parece estar implicado el Señor de la Vega y Sicilia?
-      Al señor de la Vega y Sicilia le honra su generosidad y sentido de taberna al haber presentado su dimisión. Mi absoluta convicción en su inocencia y la tristeza que me embarga, al saber que no vamos a verle nunca más el pelo, es lo único que puedo destacar.
-Pero el sacacorchos sigue sin aparecer…
-¡¡¡ Nadie!!! ¡¡¡Óiganme bien, absolutamente nadie!!! está libre de la corrupción, yo mismo, un fiel servidor público de la taberna, por pura vocación de servicio altruista y desprendida, me dan a veces unos ataques de corrupción, que me tiro a por los ceniceros que… pero me contengo, a veces… y tal...
A rastras volví al almacenillo, me escondí en un rincón hecho un ovillo a esperar que abrieran por la mañana sin poder pegar un ojo y con un solo pensamiento en mi cabeza: Tengo que dejar la bebida.

domingo, 23 de febrero de 2014

Fábulas de Esopo - 1.El apicultor

Un ladrón se introdujo en casa de un apicultor durante su ausencia, robando miel y panales. A su regreso, el apicultor, viendo vacías las colmenas, se detuvo a examinarlas. En esto, las abejas, volviendo de libar y encontrándole allí, le picaron con sus aguijones y le maltrataron horriblemente.
-iMalditos bichos -les dijo el apicultor-, dejaron marchar sin castigo al que les había robado los panales, y a mí que les cuido con cariño, me hieren de un modo implacable!

Muchas veces sucede que vemos con desconfianza a nuestros amigos, pero por  ignorancia le tendemos la mano a quien es nuestro enemigo.

domingo, 16 de febrero de 2014

La cosificación

El error de Darwin: somos cosas

 Algo debemos hacer para cambiar el sistema de organización al que nos están empujando.

En este mundo economicista donde todo se resuelve con una ecuación que lleva a un resultado previamente establecido, se elimina un elemento: el ser humano. Algún tipo de cerebro privilegiado ha descubierto que si se disminuyen los gastos, aumentan los beneficios. Antes existía un factor en la ecuación que era constante: los salarios. Ese gasto tenía un suelo fijo, se entendía que nadie debía trabajar por un salario indigno, que no se impondría a los ciudadanos una vida de miseria con el único fin de aumentar los dividendos. Se planteaban unos límites que evitaban la desaparición de una elemental justicia social. Eso que llaman flexibilización consiste en la eliminación de esa constante de la ecuación. Ahora los salarios, por encontrarnos en una crisis que proviene, según nos contaron en su día, de una estafa internacional que promovió la banca, han pasado a ser el factor de amortiguación de la ecuación, el elemento al que se recurre para reducir los gastos. En algunos casos, esos salarios se recortan hasta la mitad bajo la amenaza de despido colectivo. Lo llaman productividad y es el nuevo mantra de los neoliberales en economía. Esa productividad nos lleva a la cacareada competitividad, imprescindible para salir de esta crisis que ha sumido al pueblo en la incertidumbre, la inseguridad y el miedo. Nos dicen que no hay futuro, que hay que construirlo con las nuevas reglas que han llamado “reformas estructurales profundas”.

Cualquier país que quiera mantener una economía sostenible, que pretenda prolongar los beneficios que proporciona el Estado del bienestar, debe ser realista, está obligado a efectuar esos cambios estructurales que garanticen su viabilidad, nos cuentan. Con los parámetros actuales caminamos hacia el abismo, nos advierten. A tenor de cómo se perfila la demografía, y con el incremento de la esperanza de vida, la ruina de nuestro sistema de pensiones está garantizada, nos amenazan.

Lo tienen claro. Esta colección de zaratustras salidos de esos depósitos de think tank con la verdad revelada, con sus calculadoras, sus camisas de rayas, su discurso sereno, pausado y avalado por másters en economía de universidades prestigiosas que les costearon sus ancestros, donde fueron instruidos en “la palabra” para que la difundieran por el mundo, son los jinetes del Apocalipsis. Tienen todo estudiado, calculado, casi resuelto. Para llegar a la solución preestablecida deben eliminar un factor, el humano. Ninguno de sus cálculos se sostiene si se respeta ese factor. Su solución es perfecta y multiplica los beneficios de la minoría a la que van destinados los designios del nuevo mundo al que nos llevan, siempre y cuando se elimine al ser humano del proyecto.

En la nueva organización social, las personas no tienen cabida. El nuevo entramado no puede cimentarse en entes que sienten, padecen, gozan, sufren y tienen necesidades elementales que se empeñan en satisfacer. Los señoritos del nuevo mundo han diseñado una estructura perfecta para salvar la economía sin contar con los habitantes del planeta Tierra, para ellos somos cosas. En el nuevo horizonte que se contempla desde la atalaya del neoliberalismo no existimos, somos sólo un escollo que hay salvar o, llegado el caso, suprimir. Estos señores del mundo exigen sumisión y respeto a sus dogmas mientras laminan los derechos elementales de los demás. Su premisa es: “Tenemos el poder, sin nosotros nada es posible”.

El trabajo ha dejado de ser un derecho para convertirse en un privilegio producto de la generosidad de los empresarios, que quedan eximidos de obligación alguna con esa masa salarial que se empeña en poner freno a la Historia. Sacrificio, productividad y competitividad. Ese es el nuevo orden de los factores del Nuevo Orden Mundial.

Desde la Administración del Estado se privatizan servicios poniéndolos en manos de empresas que explotan a los trabajadores hasta límites inaceptables, con la cooperación de los diferentes cargos públicos, llamados “de confianza”, nombrados a dedo por los políticos elegidos en las urnas que creen legitimadas sus acciones de destrucción del bienestar y el patrimonio colectivo, por haber obtenido una mayoría suficiente en las elecciones. Sin el menor rubor justifican en los medios de comunicación salarios ridículos, condiciones abusivas con un argumento incuestionable: “menos es nada”. Así resolvía un alto cargo de la Comunidad de Madrid la cuestión de qué le parecían los sueldos de menos de 700 euros que aparecen en anuncios de trabajo donde se exige una alta cualificación, dominio de idiomas y disponibilidad completa. “Menos es nada”, se nota la formación matemática de estos jóvenes economistas que saben distinguir cuál es el mayor entre los números setecientos y cero.

Somos cosas y, en tanto tales, a nada tenemos derecho. Hemos venido al mundo con una obligación: someternos al imperio de una nueva economía que busca el bien para sí y la ruina para los demás. Como un tren de mercancías que viaja a toda velocidad portando carbón, nos permiten recoger los trozos que caen de los vagones y quedan desperdigados en torno a la vía mientras vemos alejarse al convoy con rumbo desconocido.

Nos han convertido en cosas y ahora debemos adaptarnos a nuestra nueva condición de simple materia. Tenemos que evolucionar hacia esa nueva especie que nos sobrevivirá eliminando las necesidades y los sentimientos. Con la cosificación desaparecerá el dolor, seremos clasificables, almacenables. Cosas asequibles, inertes, insensibles, así nos quieren.

Cosas que pierden la capacidad de añorar lo que fueron en otro tiempo.

De esa forma nos sueñan estos seres sin alma.

domingo, 9 de febrero de 2014

Todos con el caos y Arturo poniendo las cosas en su sitio

Arturo Pérez-Reverte

Esta Administración infame

Con frecuencia llegan cartas de jóvenes que intentan conseguir una beca de estudios o laboral, crear su propio puesto de trabajo como autónomos, o abrirse paso con fondos que el Estado administra. Esas cartas acaban produciéndome honda tristeza, pues siempre cuentan lo mismo: el choque con el muro infranqueable de la Administración, cuando no de 17 administraciones diferentes y a veces opuestas entre sí. La burocracia atrincherada bajo el cómodo anonimato y la impunidad funcionarial, que no sólo entorpece ilusiones, sino que a menudo las destruye por desidia, pereza o desinterés.
Extraño sería que ustedes mismos no conozcan casos, si es que no lo sufren en sus carnes. Cuando un joven consigue algo, todo son tardanzas, retrasos en el pago, argucias presupuestarias. Y en la fase previa, poca información, confusas explicaciones del BOE, malos modos cuando alguien, en su desesperación, insiste en saber. Y sobre todo, esa imposibilidad de hablar con alguien responsable, en lugar de la habitual cadena de gente que te pasa a otra gente que tampoco sabe, que no da referencias ni da nombres, mientras intentas averiguar por qué te deniegan tal o cual beca, ayuda o subvención oficial, a qué clase de expediente si se la concedieron y como lo calificaron. El bloqueo del derecho a saber qué suerte corrió tu solicitud y con qué criterios fue rechazada; algo natural y necesario para mejorarla en otra ocasión, o solicitar una ayuda más adecuada a tus posibilidades.
Ante esa legítima reclamación se alza, siempre, un muro de silencio. El calvario de ir de uno a otro funcionario, sin averiguar no ya el responsable de lo tuyo, sino el departamento al que corresponde. A veces ni siquiera sabes si se trata del ministerio, la consejería o la pepitilla de la Bernarda. Y cuando al fin alguien parece saber de que le hablan, empiezan los diálogos absurdos: no hay responsables, ni lugares, ni nombres. Nadie sabe nada. Todo es un enredo burocrático organizado para disuadirte de insistir. Y llegas a una triste conclusión. Esos funcionarios que deberían ayudarte -y no faltan los de buena voluntad que lo hacen o lo intentan-, suelen comportarse como si el asunto fuera tan oscuro que no conviniese dar explicaciones. Podría ser por incompetencia o pereza, concluyes; y así es a veces. Pero lo que queda de manifiesto, al fondo, es la falta de transparencia con que funciona este Estado de taifas y parcelitas miserables. La sospechosa forma en que maneja el dinero público una Administración vampiro que, en vez de ayudar al ciudadano haciendo posibles futuro y riqueza, lo expolia y desalienta.
Asombra el grado de perversión del monstruoso sistema que nos ha sido impuesto. No saber nunca a quién llamar, a quién reclamar nada. Con lo fácil que sería una firma: saber que quien maneja un expediente es responsable en el tramo que le corresponde. Un médico o un profesor son funcionarios y firman con sus nombres, pero en asuntos administrativos no firma nadie. El sistema es anónimo, lo que garantiza mucha impunidad. Mucha golfería. Todo se excusa tras la pantalla opaca del funcionario; que a menudo, sospechas, solo cumple instrucciones superiores: es solo un disfraz del sistema. Qué distinto sería poder seguir la traza de cada expediente, como ocurre en Correos -servicio admirable, todavía- cuando mandas un certificado y te ofrecen un papelito que, vía Internet, permite saber dónde está tu envío en cada momento. Si algo así se aplicara a la Administración, sería posible una mayor transparencia. Comprobar quién hace o no su trabajo. Averiguar en qué despacho y qué manos te arruinan la vida.
Todo esto apesta, oigan. Ni siquiera la desidia, la incompetencia o la maraña burocrática pueden explicarlo; porque, cuando con mucha insistencia alguien llega al hilo del ovillo, se entera, por ejemplo, de que su elaborado proyecto con el que sudó sangre, cuyo requisito oficial era generar empleo intercomunitario, ha sido rechazado como otros, y en cambio se lo dieron a una página Web más simple que el mecanismo de un sonajero. Y claro. Ahí no valen pantallas. Eso no es el humilde funcionario de la ventanilla o el teléfono quien lo concede al sobrino, compadre o recomendado, sino que se decide arriba. Entre quienes se benefician del negocio y lo extienden a su clientela, sobre todo en un país corrupto como éste, donde lees el periódico y echas la pota. Si esa poca transparencia se da con una subvención de 500 euros, calculen lo que circula en la sombra, y a qué manos va cuando se reparte el pastel entre afiliados, compadres y sindicatos del langostino.

lunes, 3 de febrero de 2014

…Y es que el miedo es libre… (De hecho es lo único que hay libre aquí)



Hay un refrán que se dice por estas tierras: “No es lo mismo subir a coger brevas, que bajar a llevar palos”.
La imagen del raterillo en la higuera y el propietario con el palo esperando abajo, se nos viene a la mente con una sonrisa de complicidad con el propietario, y un absoluto desprecio por el dolor que va a sufrir el muerto de hambre que ha sido sorprendido procurándose un bocado. Porque el raterillo ya sabía a lo que se exponía cuando tomo la decisión de subirse a la higuera, y ya se sabe, el que quiera higos que plante su higuera.
Siempre me queda la duda de que tal vez fue el abuelo del raterillo quien plantó la higuera.
De lo que no tengo duda, es que no hay tierra donde plantar tu higuera que no tenga propietario.
Y mucho menos de que el hambre tiene mucha más prisa que la higuera en crecer y dar frutos. Pero en fin.
Siempre me ha llamado mucho la atención esta sabiduría popular, he tratado de aprender de ella, pero sobre todo me ha hecho reflexionar, está tan enraizada en nosotros, en nuestro carácter.
Tampoco hace tanto, ochenta años, el pueblo español se lanzó a la aventura y se subió a la higuera, reclamó como suya la propiedad de la higuera, creyó eso de que la propiedad privada, estaba supeditada al bien común y se subió a la higuera.
Entonces llegó el amo de la higuera y trajo un palo de dimensiones colosales.
Cuarenta años de palos les dieron, y todos esos que nos daban lecciones de democracia y constituciones que promulgaban eso de que el bien común prevalecía sobre la propiedad privada, pasaban por la finca haciendo honores al dueño del palo con la misma sonrisa cómplice, que ignora el sufrimiento del osado raterillo pueblo español muerto de hambre.
Ahora se hacen cruces, no comprenden como el pueblo español es capaz de soportar esta situación sin rebelarse, como es posible que cientos de miles de españoles no tengan ningún ingreso y no pase nada.
Pues no deberían extrañarse, el pueblo sabe que nadie va a pararle la mano al amo cuando empiece a dar palos.
Y ya se sabe, “No es lo mismo subir a coger brevas, que bajar a llevar palos”.