domingo, 25 de enero de 2015

Podemos: ¿ni de izquierdas ni de derechas?


Por Augusto Klappenbach
Escritor y filósofo


Muchas de las críticas a Podemos no tienen otro origen que el miedo que provoca una fuerza política que trastorna la “normalidad” a la que estábamos acostumbrados, con una irrupción de caras desconocidas y lenguajes y atuendos poco convencionales. Resulta curioso que se acuse de “radical” “de ultra izquierda” o “antisistema” a una fuerza política cuya declaración de intenciones no difiere mucho de la que podría hacer una razonable socialdemocracia, una vez matizadas algunas propuestas maximalistas que se lanzaron en sus orígenes. La acusación de “populismo” que reciben también podría aplicarse a la totalidad de los partidos políticos en liza, en la medida en que proponen milagrosas salidas de la crisis, ejemplar honestidad en sus cuentas y cercanía a los problemas de la gente. Más comprensibles son las dudas e incertidumbres que pueden generar las posibilidades de un partido recién nacido, tanto en lo que respecta a su futura gestión como a sus relaciones con los poderes reales que determinan el curso político de España y de la Unión Europea. En la medida en que sus gestores carecen de experiencia política, la gente no tiene datos para evaluar su competencia. Pero probablemente esas dudas no son mayores que las que pueden suscitar los partidos tradicionales, aunque sea por razones muy distintas.
Pero hay un aspecto de la presentación en sociedad de Podemos que me parece inaceptable: su insistencia en situarse más allá de las ideologías, rechazando la opción entre derecha e izquierda. Una actitud, por cierto, en la que coincide con partidos de derechas, como UPyD y Ciudadanos, por ejemplo, y con aquella vieja proclama del “fin de las ideologías” de Daniel Bell, que en realidad quería expresar el fin de cualquier otro modelo político que no fuera el del capitalismo liberal. En la entrevista publicada en El País, Pablo Iglesias afirma que “las definiciones ideológicas sirven mal para entender la situación actual” y que pensar que “con izquierda y derecha se puede entender el espacio político” es “un juego de trileros”.
Si con esto se quiere decir que tales caracterizaciones no son suficientes y que será la práctica política la que señale la verdadera orientación del partido, nada que objetar. Pero esas frases –y otras que se dijeron antes- dicen más que eso. Pretenden situarse en una alternativa política definida como oligarquía-ciudadanía o dictadura-democracia, cuyo contenido es todavía más impreciso que aquella opción que rechazan. Porque pese a lo que dijo Pablo Iglesias la definición ideológica es indispensable para entender la situación actual. La naturaleza no nos ha dotado con un modelo de organización social como lo hace con las especies animales; ese modelo tenemos que inventarlo nosotros. Y las ideologías no son otra cosa que la descripción de esa forma de organizar la sociedad por la que optamos. Por ejemplo. Podemos seguir el modelo de lo que se ha llamado el darwinismo social, imitando un aspecto de la evolución según el cual la sociedad aplica la selección natural y permite el éxito de sus miembros más competitivos a costa de desentenderse de quienes no son capaces de triunfar en esa competición. O podemos preferir un modelo solidario en el cual se pide de cada uno lo que sea capaz de aportar a la vida social y recibe de ella lo que necesita. Podemos decidir que cada uno paga lo suyo o que pagamos entre todos. O mil modelos intermedios. En cualquier caso, debemos elegir y la ideología no es otra cosa que la manera de entender esa vida social que la naturaleza ha dejado en nuestras manos.
La diferencia entre ideologías de izquierda y de derecha no por compleja es menos significativa. Norberto Bobbio caracterizaba a la izquierda como una opción por la igualdad, que acentúa los aspectos igualitarios de los ciudadanos por sobre su diversidad. Igualdad y diversidad que no se refieren a la igualdad empírica sino a la igualdad de derechos, y no solo a los derechos jurídicos y formales sino también al ejercicio de los derechos materiales necesarios para una vida digna, como el derecho a la alimentación, a la vivienda y a la sanidad, entre otros. La famosa frase “mi libertad termina donde empieza la libertad de los demás”, pese a su apariencia inocente, expresa todo lo contrario: si la libertad de los demás es el límite de la mía, mi libertad será mayor cuanto menor sea la de los otros, como lo exige el programa del neoliberalismo competitivo que conduce a la actual concentración de la riqueza. Lo que los especialistas llaman un juego de “suma cero”: lo que uno gana lo pierde el otro. Mientras ese neoliberalismo concibe la libertad como una propiedad individual, con la consiguiente elección de la competencia como motor de la historia, una ideología de izquierdas la entiende como una cualidad de la sociedad misma, que se opone a las relaciones de dominación. Otra vez, derecha e izquierda.
Todos estos temas son complejos y requerirían muchos matices que no caben aquí. Pero cuando se propone un programa serio es necesario explicitar y desarrollar los supuestos de teoría política que implica el proyecto que se defiende. Puede entenderse el deseo de sumar a ese proyecto ciudadanos de distinto origen ideológico, procedentes de todos los partidos o de ninguno, incluyendo posiciones de derechas. De hecho, el sectarismo sigue siendo el pecado original de la izquierda y cualquier intento de superarlo debe ser bienvenido, aun cuando hay que recordar que esa superación no consiste en disimular las diferencias sino en asumirlas. Pero hay que hablar claro y no disimular las propias convicciones: mostrar que los modelos de derechas llevan a una desigualdad insostenible cuyo coste ya estamos pagando y que la izquierda no consiste en consignas genéricas sino en opciones ideológicas concretas que incluyen una concepción solidaria de la vida social. De hecho, el Proyecto Económico presentado por Podemos es inequívocamente de izquierdas, aunque se evite calificarlo así.
Es evidente que se ha abusado de etiquetas y rótulos, y que la mera adscripción verbal a la izquierda no significa nada por sí misma. Como también lo es que esa adscripción ha servido en nuestra historia reciente para encubrir decisiones que nada tienen que ver con esa lucha por la igualdad que debe definir a la izquierda. Pero no se trata de dejar de lado esas propuestas que tienen una larga historia sino de cumplirlas y rescatarlas del uso tramposo al que han sido sometidas. No se pueden abandonar consignas por las cuales se ha luchado durante más de un siglo para reemplazarlas por conceptos ambiguos y manipulables de dudosa interpretación solo porque otros las han utilizado para encubrir políticas de derechas.
Como siempre, serán los hechos los encargados de dotar de contenido a las palabras. Pero en una campaña electoral estamos en el momento de las palabras, y no hay que olvidar que la sociedad humana se regula por leyes lingüísticas, hechas de palabras. Y no da lo mismo utilizar unas que otras.

sábado, 24 de enero de 2015

Lo que nos ocultan de Grecia y Syriza



Por Jorge Armesto

Intentar encontrar un ápice de verdad en la lectura de la prensa española supone un esfuerzo abrumador. Abrimos hoy El País: “Monedero cobró 425.000 euros por asesorar a Venezuela y sus socios”. ¿Sus socios? ¿Al Capone? ¿Michael Corleone? ¿La mafia rusa? No. Otros países: Ecuador, Nicaragua y Bolivia. Qué desprecio para estos ser llamados únicamente “sus socios”. ¿Es que no tienen nombre? ¿Y por qué no “Bolivia y sus socios”? No queda tan bien. Y eso solo con el titular. Si seguimos leyendo, el resto es aún peor. Insinuaciones maliciosas y medias verdades. Un tipo factura una cantidad de dinero, dona este a un medio colaborativo y esto resulta ser un escándalo para los que tienen como moneda el franco suizo. En fin, así cada día. No sé si llegaremos a acostumbrarnos. Y aunque a veces son tan zafios que resultan divertidos, generalmente el panorama es desolador, cansino e irritante. Me siento insultado con la desvergüenza de su guerra sucia. No solo nos mienten: también nos toman por imbéciles.
Es tal el aluvión de falacias e insidias que denunciarlas resulta una actividad agotadora. Posicionarnos ante todos estos embustes diarios consume una enorme energía. Es una lucha que supera a cualquiera. Y quizá por eso nos pasan desapercibidas otras cosas. Otras que no vemos. Otras que callan.
Estoy seguro de que fui de los muchos que, hace unos días, viendo “Objetivo Grecia”, nos sentimos atravesados por un rayo luminoso. Me dije: “¡Leches! ¡Pero estos tíos de Syriza ya están gobernando!”. Y lo siguiente que pensé fue: “¿y por qué no sé nada de su acción de gobierno?”.
No hay día en que la prensa española no especule, vaticine, tergiverse o mienta acerca del programa electoral de Syriza y sobre qué harán o no si vencen en las elecciones. ¿Hundirán a Grecia en una especie de neo-apocalipsis del tipo Mad Max con desarrapados matándose por el gasoil? Con todas esas ruinas la verdad es que quedarían unas escenas acojonantes. Pero lo cierto es que no hace falta desbarrar ni ejercer de futurólogos: se les puede juzgar por su acción de gobierno actual. El exceso de informaciones sobre el programa de Syriza (verdadero o inventado) camufla el hecho de que ya es posible saber algo de cómo administran.
Gobiernan las Islas Jónicas y Ática, la región más poblada de Grecia, en la que vive el 40% de su población. También aproximadamente el 20% de los municipios de la misma región.
En estos pocos meses, a pesar de encontrarse un presupuesto ya confeccionado, Syriza aumentó la ayuda de emergencia social en Ática de 1,8 a 13,5 millones de euros. Estableció ayudas para los hogares que no podían pagar la luz, unos 40.000. Los niños estudian con velas. En Grecia, cuatro de cada cinco viviendas no pueden poner la calefacción. Los griegos se ven obligados a encender hogueras de leña en los pisos y ya hay varios casos de muertes por asfixia. Con el recibo de la luz va unido un impuesto extra a la propiedad. Si no lo pagas, la cortan. Pero sindicalistas de eléctricas denunciaron que las grandes empresas pagaban la mitad, o incluso nada.
Syriza se negó a despedir a más funcionarios. Esta negativa ha hecho que esos alcaldes rebeldes, que aducen que hoy los servicios públicos son más importantes que nunca, tengan querellas por desobediencia ante la justicia.
Abren dispensarios públicos con médicos voluntarios para poder ofrecer acceso universal a algunos de los más de tres millones de griegos que hoy no tienen acceso a la sanidad. El movimiento que la defiende tiene como lema: “No nos mataréis”. Los partos cuestan más de 700 euros. Una cesárea: 1.200, una radiografía: 100. Las pruebas diagnósticas son tan inalcanzables que las ONG denuncian el aumento imparable de los abortos no deseados. A todo esto, el anterior Ministro de Sanidad, de Nueva Democracia, realiza manifestaciones como esta: “Enfermedades como el cáncer no son urgentes a menos que estén en la etapa final”. Este ministro además tuvo una condena por plagio intelectual, pero no todo lo copiaba, y se mostró bien capaz de escribir un artículo titulado “Los judíos: toda la verdad”, en el que negaba el Holocausto. Su preocupación por la salud también se aprecia en sus actividades privadas, y en el Teletienda griego vende una máquina milagrosa que “elimina los tóxicos de los cigarrillos”. Digo “anterior Ministro de Sanidad” porque ahora hay uno nuevo. Un antiguo militante nazi y antiguo skin-head de los de bate de béisbol que repite lemas de la dictadura militar “contra los rojos”. Difícil saber si es un avance o un retroceso. Tal es el gabinete con el que se hermana el PP.
Syriza ha reducido los impuestos del pequeño comercio y las PYME y aumentado los impuestos municipales de las grandes compañías, bancos y superficies comerciales. Aunque sería más justo decir que han empezado a pagar, pues antes no lo hacían. Organiza mercados para productores locales que venden sus productos más baratos que en los supermercados y colabora con los comedores sociales y los infantiles. También han cancelado proyectos de plantas de gestión de desechos por no cumplir las leyes de impacto ambiental.
Ni una noticia negativa. Y, creedme, de haberla, con la prensa que tenemos, lo hubiésemos sabido. Solo son unos meses de gobierno, pero algo nos enseñan.
¿Y qué más no sabemos de Grecia? De todo. En general, cuando los medios de comunicación españoles hablan de que Syriza pretende nacionalizar servicios como transportes, agua o luz, ocultan que muchos antes eran públicos, solventes y fueron casi regalados a grandes empresas. La televisión pública griega fue cerrada justo unas semanas después de las concesiones de licencias televisivas a empresarios del entretenimiento que soslayan en los informativos el empobrecimiento generalizado. De paso, Grecia bajó al puesto 99 en el índice de libertad de prensa que confecciona Reporteros sin Fronteras. Por debajo de Kuwait, Gabón y Kirguistán.
El transporte ferroviario, que daba beneficios, se privatizó con el aplauso del comisario europeo del PSOE, Joaquín Almunia. Y solo después de privatizarse el gobierno griego consideró oportuno subvencionar a las empresas beneficiarias. El mismo gobierno hace, día sí y día también, operaciones que atentan contra el más mínimo decoro. Vende casi treinta ministerios y edificios públicos por 260 millones y firma un contrato de alquiler con la empresa que los compra para seguir usándolos por 30 millones al año, haciéndose cargo además del mantenimiento. Una cláusula cómica establece el derecho del gobierno a “recomprarlos” en el futuro.
Los mismos negociazos se han visto en la privatización de la lotería: una concesión por doce años a cambio de lo que el gobierno recaudaba en tres. Empresarios relacionados con el gobierno se hacen con islas, playas, terrenos y edificios olímpicos a precios de risa. Por supuesto, ni un euro de todos estos revierte en los griegos sino que van directamente al fondo para el pago de la deuda. A pesar de ello Alemania se mostró “decepcionada por el nivel de privatizaciones”.
Pero estas son pequeñas cosillas en comparación con la venta de las minas de oro de Calcidia. La empresa que las gestionaba provocó un desastre medioambiental. Antes de hacerse cargo de las indemnizaciones se declaró en quiebra. El estado griego también perdonó las cotizaciones sociales debidas y compró por 11 millones los derechos de explotación. A las pocas horas los vendió por el mismo precio a una empresa constituida dos días antes. Esta, a su vez, vendió el 9% de la explotación a un holding catarí por 175 millones. Solo el 9% valía dieciséis veces más que lo que recaudaron los griegos. Esto deja el pelotazo de Galerías Preciados del PSOE en una chiquillada. La explotación del oro, que solo es apoyada por el gobierno y el partido neonazi, está produciendo catastróficas consecuencias ambientales. Contra ella ha surgido un movimiento social que apoyan decenas de miles de personas. Ierissos es “la aldea gala”, solo que aquí los romanos son fuerzas antiterroristas con declaración de estado de emergencia incluida. Escribir en blogs, o hablar con la prensa contra las minas, se considera motivo para presentar cargos por pertenencia a organización criminal.
¿Y el agua? Bruselas ordenó la privatización del agua. La Mancomunidad de Municipios de Tesalónica organizó un referéndum. El gobierno griego intentó prohibirlo, lo declaró ilegal. La democracia es ilegal en el país que la inventó. A pesar de todo se llevó a cabo con la presencia de observadores internacionales. El resultado fue que el 97,8% de la población estaba en contra de la privatización. Aún así, se privatizó, pero el Tribunal Supremo lo declaró ilegal. Ninguna de estas noticias ha tenido en la prensa española el eco que tuvo, por ejemplo, el cierre de una heladería en Venezuela.
De este modo, ignorando los hechos concretos de Syriza y el gobierno griego, en España la prensa plantea el debate en términos fantasmas. Este hará esto, este hará lo otro. ¿Pero y lo que ya hizo? Sobre eso, el silencio. La insistencia en las diferencias ideológicas sirve en realidad para eliminar de nuestra memoria los obscenos actos concretos de un gobierno que, pura y llanamente, se ha dedicado al saqueo. El pasado de la gran coalición griega entre derecha y socialistas es tan vergonzosamente indefendible que a ninguno de sus cómplices en España se le ocurre traer a colación ni una sola de sus medidas. En su lugar, todo se plantea en términos de orden-desorden, seguridad-incertidumbre, conocido-desconocido. ¡Qué gran diferencia con Venezuela! Cuando toca hablar de Venezuela entonces la prensa sí se ensaña con lo concreto. Ahí sí vemos el drama humano. La ideología, ni se mienta.
Esto avanza los términos del combate argumental que se producirá aquí durante este año. ¿Juzgaremos los ciudadanos al binomio PP-PSOE por sus hechos o por el símbolo de estabilidad que desean representar?

miércoles, 14 de enero de 2015

Fábulas de Esopo-16. El león moribundo

Un león, desgastado con los años e impotente ante su  enfermedad, yace en la tierra a punto de muerte.

Un jabalí se precipitó sobre él, y vengó con un golpe de sus colmillos una herida mucho tiempo atrás recibida.

Poco después el toro con sus cuernos lo corneó como a un enemigo.

Cuando el asno vio que la bestia enorme podría ser atacada impunemente, él lo pateó en su frente con sus talones.

El León, que expiraba dijo:

-He tolerado de mala gana los insultos de los valientes, pero ser obligado a  soportar tal tratamiento de ti, que eres una desgracia de la naturaleza, es en efecto sufrir una doble muerte.
 
Nada molesta más a los poderosos que ser humillados por los débiles.

miércoles, 7 de enero de 2015

Bienvenidos al IV Reich

Por David Torres

En medio de la euforia por la reunificación alemana, en medio de las celebraciones, los conciertos y los cánticos, hubo muy pocas voces discordantes. A Günter Grass, al que le faltaban unos diez años para lograr el premio Nobel de Literatura, le tocó hacer de Pepito Grillo y lo hizo a tope, con unas declaraciones lejanas e intempestivas que sentaron a muchos alemanes como una patada en los cojones. Advertía que, para él, no había ningún motivo de orgullo ni de alegría, que no veía la tan ansiada reunificación como la exitosa cirugía que unía a dos gemelos separados por la historia, sino más bien como el primer coletazo del IV Reich.
Algunos le tacharon de exagerado, otros de loco, mientras Grass meneaba la cabeza con esos bigotazos metafísicos suyos sin dejar de refunfuñar “Yo conozco bien a mi pueblo”. Su exhortación resonaba en cada entrevista como el redoble de tambor de Oscar Matzerath, el niño que dejó de crecer por decisión propia a los cuatro años a la vez que canjeaba el sonido de la palabra humana por el ruido de un tambor de hojalata. Grass no hablaba por hablar, sabía muy bien la fascinación y el brillo que puede ejercer una imperiosa llamada al orden, sobre todo entre los jóvenes. Acabó revelando en un libro autobiográfico, Pelando la cebolla, que tenía 17 años cuando en 1944, en plena guerra, se alistó a una división acorazada de las Waffen SS. Poco importaba que ni siquiera disparase un solo tiro, la confesión iba a servir de munición pesada entre sus enemigos, dentro y fuera del país, principalmente para sus detractores israelíes, empezando por Netanyahu.
Lo cierto es que el propio Grass, el autor de Años de perro y El tambor de hojalata, un escritor a quien muchos consideraban la conciencia moral de Alemania, había sucumbido al espejismo nazi. Lo que, más que invalidar su advertencia, más bien la reforzaba, subrayaba el carácter embaucador, seductor y encantador del peligro. Porque el rasgo distintivo del nazismo, su nota dominante, no es el racismo ni el antisemitismo, sino el culto a la fuerza bruta y el desprecio del débil, precisamente los acordes de la interminable canción que lleva años entonando la contralto Angela Merkel bajo la batuta del Bundesbank. En su ultimatum a los griegos, en su infinito desprecio por la democracia, Merkel ha hablado con el aliento apestoso de Bismarck, del Kaiser Guillermo y de Hitler, los tres caudillos traídos directamente del Valhalla a lomos de la indómita valquiria junto al viejo sueño teutón de conquistar Europa.
Con bancos en lugar de tanques, con billetes en lugar de obuses, esta amenaza suena tanto más extraña cuanto que el presidente del Instituto de Investigación Económica de Munich, Hans-Werner Sinn, tampoco deja muchas más salidas a los griegos. Según Sinn, tanto si Grecia se va del euro como si se queda, las pérdidas podrían suponerle a la economía alemana unos 76.000 millones de euros. Tires por donde tires, allí está el sargento Ramírez. Al parecer, la verdadera opción está en manos de los griegos que tendrán que elegir entre la austeridad y la pobreza, o dicho de otra manera, entre la esclavitud y la libertad. En estos casos peliagudos siempre es conveniente recurrir a los clásicos y Tácito dio un excelente consejo: “En el riesgo hay esperanza”.
Grass terminó de poner por escrito sus ideas contra la reunificación en Es cuento largo, una novela que el crítico estrella Marcel Reich-Rainicki (descubridor, entre otros, de Ruiz Zafón) despedazó literalmente ante las cámaras de televisión. De cualquier modo, tras la eclosión y florecimiento de la señora Merkel en medio del patatal alemán, tras comprobar su indecencia y sus ademanes dictatoriales, cobran un nuevo sentido aquellos versos escalofriantes con que concluía El tambor de hojalata:
Negra, la Bruja Negra estuvo siempre detrás de mí
Ahora también se me aparece por delante ¡negra!
Vuelve al revés el manto y la palabra ¡negra!
Me paga con dinero negro ¡negra!
Mientras los niños cantan y no cantan:
¿Está la Bruja Negra ahí? ¡Sí, sí, sí!