Tengo que dejar la bebida, ayer en la taberna me ocurrió algo difícil de explicar, fui al servicio algo perjudicado y al salir, mis pasos iban hacia atrás, cuando yo quería ir hacia adelante, el caso es que mi espalda golpeó la puerta del almacenillo y se abrió, caí sobre unas cajas de botellas de vino y me quedé allí sin poder levantarme, creo que me dormí… o me desmayé, no sé, lo cierto es que cuando pude moverme habían cerrado la taberna y me habían dejado dentro.
Yo creí que estaba
abierto porque oía voces; a gatas con mucha dificultad recorrí el oscuro
pasillo hasta la esquina donde estaba la máquina tragaperras y tumbado a la
larga, acerté a vislumbrar la barra al fondo, entonces me quedé estupefacto.
¿Será esto un delírium trémens de esos que dicen? ¿Lo habré soñado? ¿Ocurrió de
verdad?
La luz cenital que
iluminaba con cuatro focos la barra y las luces de colores que proyectaba la
máquina tragaperras era toda la luz que había, el resto era penumbra. Pero
precisamente allí, sobre la barra iluminada, como si de una obra de teatro se
tratara, se había organizado lo que parecía ser una rueda de prensa.
Una botella Pingus
2000 tras un servilletero plateado, manoseaba los gemelos de oro de las mangas
de su camisa que sobresalían del impecable traje oscuro, mostrando un
nerviosismo mal disimulado.
Tras la pletina de
bronce que unía los mármoles de la barra se amontonaban vasos de tubo, copas de
vino, vasos de chiquito y tazas que, con micrófonos y bolígrafos, pedían la
palabra.
-¡Señor Pingus, Señor
Pingus! ¿Qué nos puede decir del caso “sacacorchos”?
- ¡A ver! ¡Primero
pónganse ustedes de acuerdo, porque yo no puedo contestarles a todos a la vez!
¡Usted, pregunte usted!
- Don Pingus, con la
mano en el corazón, ¿Cómo puede soportar esta presión mediática al que le
tienen sometido los medios de comunicación traidores y terroristas?
Buuu, jooooer, ya está
la copa alta de siempre… y comentarios así, se dejaban oír entre la turba de
vasos y copas.
-Me alegro de que me
haga esta pregunta, estamos sometidos a la mayor presión que jamás ha soportado
nadie, nos encontramos ante una persecución sistemática y destructiva sin
parangón, esos mezquinos vasillos de chiquitos, incluso, mire usted, algunas jarras de cerveza, sí, me ha oído usted bien, ja…rras… de… cer…ve…za, se lanzan a
descalificar a los caldos más exclusivos con una absoluta falta de ética y sentido
de taberna que nunca ha visto la historia. Todo y digo todo, aquello, de lo que
nos acusan, es absolutamente falso, fruto de una manifiesta maquinación
manipuladora y burda, salvo algunas cosas, que tal. Y si no hay más preguntas…
-¡Pero oiga! ¡Qué nosotros
queremos saber si el señor de la
Vega y Sicilia piensa devolver el sacacorchos!
-¡Usted no tiene la
palabra! ¡Ya sabemos quién es usted! ¡Usted es un esbirro de las botellas de
cerveza! Bueno… botellas de cerveza, ¡¡¡botellines de cerveza!!!, sí, me ha oído
usted bien, ¡botellines de cerveza! que es la definición adecuada, y la que se
merecen. Porque en primer lugar, usted debería saber que la presunción de
inocencia es la base fundamental de una justicia democrática. En segundo lugar,
la independencia del consejo del tribunal de las cubas es otro de los
principios fundamentales del estado de tabernas, y en tercer lugar… pues eso…
que nadie es inocente mientras se demuestre que... tal. Bueno, me van a
disculpar, pero yo soy un hombre muy ocupado…
-
¡Por favor Don Pingus, díganos algo del asunto que nos ha traído aquí!
- A usted no le conozco ¿de qué
taberna es usted?
- De la taberna de enfrente, ¿Nos
podría aclarar alguna cosa de este oscuro caso del sacacorchos en el que parece
estar implicado el Señor de la
Vega y Sicilia?
-
Al señor de la Vega
y Sicilia le honra su generosidad y sentido de taberna al haber presentado su
dimisión. Mi absoluta convicción en su inocencia y la tristeza que me embarga,
al saber que no vamos a verle nunca más el pelo, es lo único que puedo
destacar.
-Pero el sacacorchos sigue sin
aparecer…
-¡¡¡ Nadie!!! ¡¡¡Óiganme bien,
absolutamente nadie!!! está libre de la corrupción, yo mismo, un fiel servidor
público de la taberna, por pura vocación de servicio altruista y desprendida,
me dan a veces unos ataques de corrupción, que me tiro a por los ceniceros que…
pero me contengo, a veces… y tal...
A rastras volví al almacenillo, me
escondí en un rincón hecho un ovillo a esperar que abrieran por la mañana sin
poder pegar un ojo y con un solo pensamiento en mi cabeza: Tengo que dejar la
bebida.
