lunes, 1 de febrero de 2021

De fantasmas y poetas

 
La última vez que fallecí salí flotando hasta una nube.


Jamás creerás las cosas extrañas que puede haber en aquellas gotas de humedad, de aquel mar de niebla.


Paré en aquella gota porque me llamó la atención los llantos desaforados de una joven bellísima.


-¡Me lo quiero follarrrr!. -Gritaba desesperada-. ¡Me lo quiero follarrrr!


Este tipo de mensajes suele llamar la atención a cualquiera. Incluso a mí que hacía mucho tiempo había olvidado todo lo relacionado con el sexo.


-¡Pobres desgraciados!. -Se lamentaba tras de mí un tipo sin nariz-. Se ha contaminado. Me voy al desfile, no me lo perdería por nada. -dijo-. Y salió expulsado hacia arriba.


-¿Vaya día de calor, no le parece?. -Dijo un viejo junto a mi rodilla izquierda-.

-No sé. No tengo cuerpo.

-¡Oh No!. ¡Otro extranjero!.

¡Por qué no os quedáis en vuestra puta casa!. ¡Muertos de mierda!


Levantó su cachaba e intentó golpearme en la entrepierna.

Instintivamente traté de esquivar el golpe pero me dió igual, el palo me atravesó como se atraviesa el humo.


-¡Ja! Te jodes Herodes…


-¡Inmigrantes de mierda! -El viejo colorado como un tomate tiraba palos a lo tonto-.


Pasé de él y me quedé mirando como el escote de la joven subía y bajaba con los suspiros de deseo incontenible.


-¿Oiga… me podría usted decir para qué sirve un poeta?


-Deje de tirarme de la manga!. Usted sabrá.


-¿Esqueyosoypoetasabeusted?


-¿Y por qué es usted poeta, si puede saberse?


-¡Por qué va a ser!. Porque escribo poemas. ¿Es que usted es tonto?


-¡Pues sí, mire usted!. Porque escribo tonterías.

Me está usted poniendo de los nervios… si tuviera.

¿Quiere usted dejarme mirar los bellísimos pechos de la joven que suspira?


-Veo que es usted también poeta?


-¡Que te pierdas… Poeta!


-No, es que digo yo, que para algo debe de servir un poeta. ¿No le parece?.


-Pues no.

No me parece.

Un poeta no sirve para nada.

Así que ¡hala!. ¡A tomar viento!


La jovencita cada vez era más joven y empecé a sentir que aquello tenía algo de perverso.


-Bah, me voy de esta cochina gota de niebla. No hay más que colgados, poetas y viejos racistas.


Salí de Guatemala y caí en Guatepeor


-¿Pero se puede saber qué hace usted aquí?


-Es que los poetas tenemos estas cosas. Una vez que se te pega uno…

¿Sabe esa de “con diez cañones por banda"? Que digo yo, que con la pila de bandas que hay, a diez cañones por cada una. Vamos… que son una pila de cañones.


-Me voy a cagar en mi jodida muerte…


-No diga usted esas cosas que llueve.


Y empezó a llover. A llover mierda diarreica.


Menos mal que no tengo cuerpo, y por lo tanto ni huelo ni padezco.

Pero el poeta empezó a llenarse de mierda.

Al pobre le escurría por las gafas, por el pelo, por los hombros...

Que me dio pena, vaya. El pobre poeta...


-Venga va… Ya no me cago en mi muerte.

Y dejó de llover mierda.

Porque lo digo yo.

Que para eso lo estoy escribiendo.


-¿Ves?. Para eso sirve un poeta.

Para que dé lástima después de llenarlo de mierda.

¿Ya estás satisfecho? ¡Pues hala! ¡Que te zurzan!.


-¡Un ornitorrinco!. ¡Eso es un ornitorrinco!.

Pero… ¿El ornitorrinco no es un animal acuático?.

Bueno… claro, en cierto modo, este es un mundo acuático. Pero es que… Esta jodida gota de nube está llena de arena.


¡El que faltaba, Bin Laden!


-Qué… ¿De turismo?


-No hay mayor gloria que morir por Alá


-Pues muérete… ¿no?


-Cuando Alá me lo mande


-Claro. Así cualquiera.

O sea, que los demás tienen que morir cuando tu lo mandes.., Y tú cuando lo mande Alá.

Como se nota dónde tenéis invertidos los dineros los curas.


-Pues mira por donde te vas a quedar sin las quince vírgenes que te tocaban ¡Listo!. -Me reprochaba sin parar de andar-.


A lo lejos. En el horizonte de aquel árido desierto. Se recortaba la figura de un camello que venía hacia nosotros.


-¿Qué traes? -Dijo el poeta-.


-Chocolatito del bueno. -Dijo el camello-.


-¿Tú vas a pillar algo?


-No. Yo ya no fumo. Me he quedado sin pulmones.


-Pues pásame un talego, dijo el poeta.


-Paso… Me voy a otra gota. ¡Vaya muerte que me están dando!


-¿Pero tú también aquí?


El poeta se encoge de hombros y se va directo a una silla, se sienta y se pega un culazo de espanto.


-¡Coño!. ¡Si la silla es de papel!

Este debe de ser el mundo de la televisión. Es todo mentira.

Mire. Fíjese en esta silla. ¡Es de papel!


-¡Pues yo por Paquirrín maaato!


-¡Jooodeer!. ¿Pero dónde me he metido yo?


-Por cada vez que decimos Paquirrín, nos dan 50 céntimos y por decir Falete 20.

Yo iba para presentadora pero me he quedado en "presen". ¿Y tú?


-Pues yo iba para el cielo y me he quedado en esta nube. Qué me tiene… Qué me tiene…

¡Vamos a ver! A mí me importa un carajo la tele, los poetas…

No me mires así. Bueno… los poetas sí me importan.

Yo sólo quiero descansar en paz.


-¡Entonces está usted en el lugar adecuado!

Perdone que le interrumpa pero no he podido evitar oírle y creo que tengo la solución a todos sus problemas.

Permita que me presente: Soy “directivodelente”


-Puff… venga. Suéltalo. Dame la solución a todos mis problemas.


-Tengo un creativo excelente, no porque sea mi cuñado. Y ha ideado un concurso que… Entre usted y yo. Es una “peralta”


-¿Y qué es una "peralta"?


-¡Una mierda así de alta! Jajajaja


Y levantaba la mano a la altura de sus cuernos. El muy mamón.


-Jajajaja. Deje. Deje. Es que caéis como… No, si es que es verdad.


Bueno ahora en serio. La idea es malísima.

Usted lo presenta. Fracasa, y ya está. Desaparece.


-Desaparezco.


-Sí. Desaparece. Ya nadie vuelve a hablar de usted. Todo el mundo le olvida. Desaparece vamos...


-¿Y si triunfa?. ¿Qué hago?.

¿Me quedo aquí para siempre?


-¡Pero si es mi cuñado!. Si hasta casarse con mi hermana fue una mala idea…

No hay de qué preocuparse.

Quiere juntar en un programa concurso. Cotilleo. Sexo y fútbol.


-¡Buah!. ¡Lo peta!.

¡El cuñado eres tú!.

Anda y que te ondulen con la permanén. Salao.


-A ver esta otra gota. ¡Coño!


-¡Shhhh! Baja la voz. Estamos en la catedral


-¿Y qué? ¿Es que vamos a despertar a Dios?. JeJeJe.


-Pudiera ser. Duerme poco y bastante mal. ¿Sabes?


Una voz grave y profunda que llegaba del fondo, resonó en todo el edificio.


-Vengan ustedes para acá.


Puf -Dijo el poeta- Ya la liamos. Tira para el sancta sanctorum. Que nos vamos a enterar


A mí se me subieron los cojoncillos al gaznate, en sentido doblemente figurado.

Caminamos por el pasillo central, como los condenados que van al patíbulo.

Cuando llegamos a mi me temblaban las piernas y el poeta

tenía un tic en las cejas. No cesaban de subir y bajar.


-¿De qué sistema sois? Nos soltó con prepotencia y disgusto.


-Del sistema capitalista -dije yo acojonadísimo-.


-Este es tonto. -le comunicó a una especie edecán que tenía por allí dando vueltas, limpiando y ordenándolo todo-.


-El poeta intervino- Somos del sistema solar. En el fondo de uno de los brazos de la vía láctea.


-Sistema solar… sistema solar… Vamos a ver.


Se levantó y salió por una pequeña puerta que había a su derecha.


-¿Por qué le has traído aquí? -Le preguntó el edecán al poeta con disgusto y con la familiaridad de quién se conoce desde hace mucho tiempo-.


-Te juro que no ha sido idea mía. Se coló antes de que me pudiera dar cuenta.


-Bueno… -Dijo condescendiente-. Soy Lucifer. -Se presentó en voz baja estrechando mi mano entre huidizas miradas hacía la puerta por la que había salido Dios-.


-¿El demonio? -Pregunté también en voz baja-.


-Mmmmm. Sí. Así es como me llaman por algunos sitios.

Pero tampoco te creas todo lo que dicen de mí. Tengo muy mala prensa.

Tampoco podría ser de otra manera, Él es el propietario de todas las editoriales.


-No, si a mí ya me extrañó ver a Dios con ese bigotito facha y esa calva, vestido de traje y con corbata.


-Chssss. Calla que vuelve. -Dijo el diablo-.


Dios volvía con una Tablet pasando sus regordetes dedos sobre la pantalla.


-A ver. Sistema solar. Por allí sólo tenemos un planeta lleno de gilipollas. La Tierra.


-De ahí venimos señor. -Dijo el poeta-.


-¡Pues valla mierda que hiciste allí! -Le espetó al demonio-.


-¡Pues hazlo tú gordo de mierda!. ¡Que todo lo tengo que hacer yo!

Le escuché decir al demonio sorprendido de no verle mover los labios.

Estaba oyendo lo que pensaba. ¿Cómo lo hará?


-¿Y de qué región, si se puede saber?


-Somos de un país llamado España. Al sur de Europa. En el hemisferio norte.


-¡Ya sé donde está España! ¿Es que me tomas por tonto?


-No, no señor. -Dijo temeroso el poeta-.


-España no está del todo mal. -Dijo Dios con agrado-.

Tienen al Real Madrid. Y mi iglesia todavía manda mucho.

Eso es lo que os va a salvar.

Dejad el dinero que tengáis en la cesta de las limosnas y salid por piernas.

Como os vuelva a ver por aquí os empapelo.


Yo dejé algunas monedas invisibles que llevaba en mi traje mortuorio. Y el poeta no dejó nada, porque no tenía ni donde caerse muerto.

Nos acompañó Lucifer hasta la puerta.


-No sé cómo le aguantas. -Le dije-.


-Y que vas a hacer. Está el trabajo como para andar tonteando.


-Aquí ya he estado yo antes. -Dice el poeta-.


-¿Y qué hay?. Además de esta niebla que no deja ver.


-Una hormiga.


-¡Jo! Pues como para encontrarla. ¡Ondiá!


-¡Huy disculpe! ¿Le he asustado?


-¡Ondiá!. Y encima habla.


-Claro… Varios idiomas o ¿Qué pensaba?


-Menos mal que no tengo culo.

¡Pero si su cabeza es del tamaño de la mía!


-Sí… ¿Por?. Oiga… Usted es muy raro…


-¡Yo!. ¡Raro yo!. O sea, una hormiga del tamaño de un mulo, sale de pronto de entre la niebla poniendo su cara justo delante de la mía. A continuación se pone a hablar. Me dice que sabe idiomas y me llama raro.

¡Claaaro! Esto debe ser de lo más normal. El raro soy yo.


-Lo de ponerme frente a usted ha sido un accidente. No era mi intención. En la niebla pasan estas cosas. Además ya le he pedido disculpas, no sé qué más quiere que haga.


-Usted es un animal. Usted no puede hablar.


-Claro que puedo. Ustedes los humanos son muy racistas eh…

Los animales, -como usted dice-, hacemos exactamente las mismas cosas que ustedes. ¿Y sabe porqué?


-Descúbramelo.


-Porque ustedes también son animales.


-Ah sí ¿eh?… ¿pueden pintar?


-Podemos y lo hacemos. Decoramos nuestros hogares con todo tipo de elementos artísticos. Aunque quizá usted… no sepa apreciarlo.


-¿Y leer y escribir?


-Nos comunicamos. Ustedes que acaban de descubrir Internet pueden empezar a soñar con un futuro donde puedan comunicarse con la eficiencia de las ballenas o los árboles de los bosques.


-Pero nosotros fabricamos. Construimos…


-Y nosotros. ¿O creéis que vuestras cosechas serían posibles sin los escarabajos, las abejas y demás?


-El poeta levantó un dedo y sentenció: Pero no podéis hacer poesía.


La cabeza de la hormiga se volvió hacia el poeta como si le hubiesen clavado un alfiler y tras mirarle durante unos espesos segundos que parecieron años, empezó a recitar:

-Tal vez a nuestra muerte el alma emigre:
a una hormiga,
a un árbol,
a un tigre de bengala…


-Ese poema es de Sábato. -Dijo el poeta-.


-La hormiga volvió su cara hacia mí para no mirarle, mientras le decía con desprecio: Viendo para lo que sirve un poeta, me temo que si no podemos, es porque no queremos.


-Bueno, bueno. Rebajemos la tensión. ¿Entonces qué propone usted?. ¿Una liga de animales unidos. Incluyéndonos a nosotros los humanos?


-¿Por qué no?


-Pues porque los humanos no nos unimos ni entre nosotros.


-Eso no es cierto. Ustedes se unen en torno a ideas.


-Claro… Pero eso también hace que nos atomicemos en grupos desunidos, por ejemplo: Los creyentes y los ateos. Los de una religión y los de otra. Los de una nación y sus vecinos.

Eso crea divisiones irreconciliables y ya con vosotros, -que quieres que te diga- Cómo unes al lobo y a la oveja o al oso hormiguero… Vamos a dejarlo.


-¡Muy fácil!


-¡Coooño!. Por fin el filósofo definitivo. Escuchemos la voz de la sabiduría.


-Hagamos una creencia de mínimos.


-¡Eso! Como quien negocia un mal convenio.


-Algo así. Propongamos anatemas que todos podamos asumir. Por ejemplo: “Todos somos hijos del universo”

¿Hay alguna religión o pensamiento político que niegue esta afirmación?


-Estoy seguro de que muchos creyentes religiosos matizarían esa definición.


-¡Matizarían!. Pero no negarían. En conciencia no podrían.


-Mira… no puedo contigo. Tienes razón. Ha sido un placer… Y me voy que tengo que llegar a no sé donde… ni cuándo.


-En esta gota se flota. -dijo el poeta sentado sobre el agua-


Imité su posición sedente. Aunque yo al carecer de cuerpo flotaba de todas, todas.


-Se debe a la alta salinidad de esta gota.


-¿Una gota salada en una nube?


-Sí. Una lágrima.

Una lágrima llorada con mucha tristeza puede subir al cielo.


-¡Venga ya!. Eso es mentira.


-¡No es mentira! Es poesía.


-Ah ya. Que tú eres poeeeta…

Oye, vale que yo esté muerto y un espíritu pueda salir flotando hasta las nubes. Pero tú. ¿Cómo es que teniendo cuerpo estás aquí?


-Bueno… Los poetas estamos siempre en las nubes. El peligro es que llueva, te puedes caer. ¿Sabes?


-¿Cómo que me puedo caer?


-Claro… Y con muchas probabilidades. De hecho, es casi seguro, que si tu espíritu de camino al cielo se ha quedado enganchado en esta nube, es debido a que se trata de una nube gruesa y negra de esas que forman tormentas copiosas.

Si le da por descargar, se cae casi toda y como no saltes rápido a otra gota que flote. Te vas abajo.


-¡Bah!, ¿y qué puede pasar? Yo ya he estado en la tierra.


-Pues que allí las hormigas no entienden de filosofía. Son mucho más tontas y aburridas.


-¿Eso también es poesía?


-No, eso es verdad.


-¿Sabes que empiezo a notar un extraño cosquilleo en este brazo?


-Eso es que no estás muerto. Te has quedado dormido encima de tu brazo.


Cuando desperté, el poeta aún estaba allí.


En el espejo.


Delfín Carrera 2012



sábado, 30 de enero de 2021

El Abogado



Cómo podía imaginarme yo aquello.

Se presentó en el bufete un día de primeros de noviembre. Pidiendo asesoramiento porque iba a cometer un asesinato.


Qué cómo lo hacía para evitar la cárcel, decía.


Claro… Le eché. Le dije que tendría que poner en conocimiento de la policía lo que acababa de oír.

Que los abogados más que nadie estamos obligados a cumplir la ley precisamente por su profundo conocimiento.

Qué lo que acababa de hacer, en el caso de que cometiese el crimen, era convertirme en su cómplice.


Él se levantó tranquilamente y me dijo: Mañana cuando regrese usted del tanatorio vendré y le haré un regalo.


Efectivamente regresó al día siguiente, tenga, me dijo, me entregó un boleto del sorteo de los ciegos y se fue.


Me quedé estupefacto, no supe reaccionar, acababa de volver del tanatorio, tal como predijo el día anterior.


Aquella noche mi amigo Esteban había tenido un accidente.

Incomprensiblemente se salió de la carretera en una recta, era un buen conductor.

Puede que se quedara dormido al volante, comentaban los que estaban en la puerta.


Yo estaba destrozado, tan triste y decaído que no supe reaccionar cuando aquel extraño personaje me entregó el boleto.


Me vi a mi mismo solo en mitad de mi despacho, hecho un guiñapo, como un idiota con el brazo extendido y el cupón en la mano.


Tiré con rabia el cupón a la papelera sin mirarlo siquiera y me puse a trabajar.


Tenía un caso que me traía de cabeza, el juez quería solucionarlo antes de navidad porque seguramente querría irse de vacaciones y nos estaba metiendo toda la prisa del mundo.


Aquél sumario tenía más de mil folios y era de una complejidad tremenda y aunque éramos varios abogados los que estábamos con el caso había trabajo de sobra para todos.


Era ya de noche cuando la secretaria me tocó la puerta.


Don Alberto, me dijo, es ya muy tarde, tengo que irme.


¿Qué hora es? le pregunté mientras miraba la hora en el ordenador.


Pero mujer, la reñí, ¿Cómo se ha quedado usted hasta tan tarde?


-Es que cómo usted no se iba…

-Pero mujer… Bueno, está bien, se lo agradezco, váyase y apúntese las horas extras.


Irene, mi secretaria, dejó abierta la puerta del despacho, tenía la radio encendida y oí: “El número premiado de hoy es el diecisiete mil ciento treinta y siete”.


De golpe volví a acordarme de aquel tipo, del cupón, del crimen que decía iba a cometer, de Esteban, del tanatorio…


Saqué de la papelera el boleto y me empezaron a temblar las manos, no me lo podía creer, estaba premiado, todas las cifras por su orden exactamente.


El premio no era grande, treinta y cinco mil euros.

Hombre... estaba bien, pero tampoco era para volverse loco.


Lo que si era para volverse loco era lo de aquel extraño a quien había echado del bufete, del que no sabía ni su nombre y que parecía capaz de adivinar el futuro.


¿Me escuchará ahora? me dijo. Me estaba esperando en el recibidor a primera hora de la mañana.


-Pase a mi despacho, le respondí. Siéntese por favor, y explíquese.


-Yo tengo dificultad para dormir, sabe usted... y no recuerdo como me enteré, ni quien me recomendó aquel pequeño establecimiento de medicina natural regentado por un anciano asiático, no sé si chino o coreano o vietnamita. Asiático…


El caso es que he vuelto varias veces por allí y no lo encuentro, ya no está, el bajo está vacío y a penas me quedan pastillas, he preguntado por la zona, incluso he visto a la propietaria del local, ¿y sabe lo que me dijo?


-Yo levanté las cejas y me encogí de hombros. Qué iba yo a saber…


-Pues me dijo, continuó, que allí había una peluquería, que desde que se jubiló el peluquero al que se lo tenía alquilado, había estado cerrado. ¿No es para volverse loco?


-Loco me estás volviendo a mi, pensé.


-Fíjese que yo creí que fue mi amigo Pepe el que me recomendó aquella tienda de medicina natural el día que estuvimos comiendo en el restaurante chino…


-Yo pensaba. Este hombre se enrolla como una persiana. Con todo lo que tengo que hacer. Y todavía no sé ni cómo se llama. Ni cómo supo lo de mi amigo Esteban. Ni lo del cupón…


-Pues jura y perjura que él no sabe nada de ningún chino…


-Perdone, le corté, ¿usted como se llama?


-Ceferino Lorenzo Carrizo, Lorenzo es apellido, lo digo siempre porque hay gente…


-Vale. Gracias. Volví a cortarle, Por favor. Podría explicarme, de la manera más breve posible, qué es lo que quiere de mí.


-Pues eso hago, es que la cosa tiene miga, eh?


-¿Miga? suspiré profundamente y me armé de paciencia.


-He llegado incluso a llevar una pastilla a un laboratorio para que la analicen ¿Y sabe que resultado me dieron?


-¡Yo que voy a saber, hombre de dios! Pensaba mientras apretaba los puños. Los dientes. Y hasta los dedos de los pies.


-Pues trigo. Eso dicen. Que básicamente es sémola de trigo aglutinada con panela. ¿Sabe que es la panela?


-Yo negaba con la cabeza a punto de echarme a llorar. ¡El asesinato lo voy a cometer yo! Pensé.


-Pues es. Porque lo he buscado en Google. El jarabe de la caña de azúcar sin refinar, espesado y solidificado. Y además me dijeron que contiene, algunos aceites esenciales de difícil especificación. Ácido lisérgico. Y un alcaloide. Probablemente thc, que sale de la marihuana.


-Tú lo que pasa es que te pones hasta trancas, pensé.


-Pero en cantidades minúsculas, no se vaya usted a pensar…


-¿Y esas pastillas, se las toma usted para dormir, dice?


-Sí


-¿Y funcionan?


-Claro. Pero lo más extraño es que cuando me duermo tengo sueños proféticos.

Esto no se lo puedo contar a nadie porque nadie me cree. Bueno.. mi mujer sí. Porque le hice lo del cupón. Solo que a ella se lo hice con una primitiva y nos hemos quitado de trabajar. ¿Sabe usted?


-Yo le escuchaba y no sabía qué pensar, lo del cupón parecía una prueba definitiva, aunque la verdad es que aún no lo había comprobado. Y hasta que el premio no estuviera en mi cuenta no iba a tenerlas todas conmigo.

La desconfianza es un rasgo que los abogados desarrollamos por deformación profesional.


-Pues verá, a mi lo que me pasa es que cuando me tomo la pastilla y me acuesto. Al poco rato me levanto y voy a la cocina. Pero esto ya soñando.

Siempre pasa igual, al principio el sueño siempre es así, voy a la cocina y miro el calendario, porque yo tengo un calendario en la cocina…


-Otra vez enrollándose. ¡Qué pelma, Dios!


-Que es de esos que tienen una tira de plástico transparente, que por detrás tiene una goma para ajustarse a la página. Y en la tira de plástico un cuadrado rojo incrustado que se puede desplazar para señalizar el día. ¿Me sigue?


-Pufff. Se me escapó el aire. Casi no podía ya disimular el hartazgo que llevaba encima. Siga. Le dije.


-Pues bien. El día no lo elijo yo. Eso está puesto. Y entonces sueño ese día.

Al despertarme recuerdo muchos detalles del sueño. No todos. Pero sí cosas como la reunión que tenemos ahora usted y yo.

Esto para mí es como un déjà vu. Como si ya lo hubiera vivido. Porque yo lo he soñado y lo recuerdo.


-¿Y lo del asesinato?


-Ah. Pues el día once de diciembre. De ese día recuerdo poco. Pero sí que me veo saliendo de mi casa con un cuchillo de los que tengo en la cocina. En un cuchillero de esos de madera…


-Mecagüen to lo que se menea.


-Que tienen varios cuchillos de varias medidas. Bueno… pues el segundo más grande. Que no es tan ancho como el cebollero pero igual de largo…


-A mi me da ya todo igual. Di lo que quieras. Más aburrido no me puedes tener…


-Y con él apuñalo a mi vecino de arriba. Porque yo estoy mirando por la mirilla de la puerta. ¿Sabe usted?


-Esto no me puede estar pasando a mi.


Esperando a que baje. Y en cuanto pasa. Abro la puerta. Le pillo por detrás. Y le pego un montón de cuchilladas. Y le veo agarrarse a la balaustrada. Y como se va cayendo poco a poco por las escaleras mientras la vida se le escapa.

Y yo me siento bien.

Eso es lo que más me confunde. Que me siento bien. Como si me quitara un peso de encima…


-¿Pero es que tiene usted algún problema con su vecino de arriba?


-Qué va, si no sé ni cómo se llama. Hola y adiós cuando coincidimos en la escalera.


-Hombre… así a bote pronto. Lo que yo le recomendaría es ir lo antes posible al cuartel de la policía. Entregarse. Declarar que no sabe lo que le ha pasado, con el fin de alegar trastorno mental. Mostrar arrepentimiento, que es también atenuante. Someterse a examen psiquiátrico. Y esperar que el juez no sea demasiado severo.

Pero deme unos días para pensar… hoy es once, lunes, viernes… quince… Sí, el viernes. Déjeme pensar cómo solucionar esto.

Venga a verme el viernes.


-Gracias por su paciencia. Dígame qué le debo.


-Nada hombre. Con el premio del cupón estoy más que pagado. De hecho me parece demasiado. Tengo la impresión de que me estoy aprovechando de usted.


-Eso aún no se sabe. Si me saca de ésta, me parece hasta poco.


-¿Tiene usted hijos?


-Dos.


-¿De qué edades?


-El mayor catorce y el pequeño doce.


-Muy bien, pues en eso quedamos. Hasta el viernes pues.


En cuanto se fue, salí hacia la delegación de la ONCE a comprobar el cupón.

Irene me recordó que tenía reunión con el equipo de abogados en una hora.

Le dije que no se preocupara que volvía enseguida.


No hubo problema. Me hicieron una transferencia bancaria, que si bien no era de disposición inmediata, sí que podía sacar una parte en forma de crédito. El ingreso tardaría un par de semanas como mucho, me dijeron.


Ya tranquilo volví para la reunión que teníamos pendiente.


El portavoz del equipo nos había citado porque el juez le había llamado y había puesto fecha para el juicio.

Antonio, el compañero que estuvo con el juez nos informó.

Todos sabíamos que este tipo de delitos en el que estábamos trabajando, tenía un corto tiempo para su prescripción gracias a una reciente ley que había elaborado la derecha al verse salpicada por numerosos casos de corrupción, esta ley rebajaba en dos años el tiempo de prescripción y gracias a ello varios políticos corruptos se habían podido librar de la cárcel. Y según el juez, en este caso no iba a ocurrir, qué de eso ya se encargaba él.


Claro, hay que decir, que en este caso el edil imputado era del otro signo político. Y al juez se le estaba viendo el plumero.


Para evitar retrasos y prórrogas había desestimado más de trescientos folios del sumario para que éste no excediera los mil.


Todas las maniobras posibles ya las había agotado, y a nosotros nos correspondía ahora, buscar las tretas oportunas para dilatar al máximo el proceso y llegar a la prescripción. Porque el cliente estaba pringado hasta los ojos. Pero si él caía. Caían con él las empresas que había detrás. Y éstas untaban a unos y a otros.

Y por supuesto a nosotros también.


Llegó el viernes y Ceferino Lorenzo “Lorenzo es apellido”, estaba como un clavo a las ocho de la mañana en el recibidor del bufete.


-¿Ha pensado usted algo?


-Por supuesto, pase a mi despacho.


Abrí el cajón derecho de mi mesa, con la llave que siempre guardo en el bolsillo, y saqué los billetes de avión y las reservas de un hotel en La Plata. Al sur de Buenos Aires.

Un complejo vacacional en pleno verano austral. Que ya me gustaría a mí. Porque aquí estaba haciendo un frío que helaba hasta las pestañas.


Váyase usted con su mujer y sus dos hijos a pasar unas maravillosas vacaciones al otro lado de la tierra. Y no vuelva hasta el día quince.

Para entonces todo habrá pasado, y cuando regrese me llama y me cuenta.


Ya casi no me acordaba del bueno de Ceferino cuando sonó mi teléfono.

Había regresado. Había saludado al vecino de arriba como siempre que se le cruzaba con él en el portal.


Y me dio las gracias porque había llegado a pensar que todo aquello no había sido más que una pesadilla.


Pues para mi cuenta bancaria ha sido un bonito sueño. Le dije.


FIN




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