El
Perla
A
mi lo que más me gusta es estar con mis colegas del barrio, siempre
acabamos con risas y un poco pedos, a veces soy yo el que no tiene
dinero, a veces es Paco “el Perla”.
En
el barrio todos tenemos mote, a mi me dicen “el Guti” porque me
apellido Gutiérrez. Todos menos Antonio, que le decimos Antonio, es
así, más serio y parece como que no apetece ponerle mote.
Antonio
es el más alto del grupo, tiene el pelo muy negro y ensortijado de
su herencia gitana, un abuelo suyo, el padre de su padre era gitano,
a mi me recuerda a la foto de la portada de un disco de Antonio
Molina que tiene mi madre, yo le digo que para que quiere los discos
de vinilo si no tiene tocadiscos y dice que son un recuerdo de su
abuela.
Paco
“el Perla” es más bajo que yo, tiene el pelo marrón, su cara
con esa nariz echada hacia adelante recuerda al de una rata, es el
tipo más divertido que conozco, siempre está con sus ocurrencias y
sus bromas haciéndonos reír a todos, aunque a veces nos pone en
aprietos, porque se mete con la gente, les vacila y alguno se
mosquea.
Pues
te contaba que a veces andamos sin dinero pero raro es que no haya
alguno que tenga algo y se agencie un litro fresquito en el quiosco,
y si viene “la Blanqui” pidiendo papel, es que trae un poco de
maría y compartimos unas caladas del porro.
Por
nuestro banco de la esquina, donde la farola, a veces se nos pega
alguno del barrio, pero la mayor parte de las veces estamos nosotros
cuatro y si nos han ocupado el banco nos vamos a las escaleras de la
bajada al puente de la autovía.
Llevaba
yo unos meses que apenas me juntaba con ellos, porque me había
buscado mi padre un curro en una obra y estaba bastante lejos
-tardaba casi una hora en llegar entre autobús y metro- además se
trabajaba mañana y tarde, más alguna hora extra. Mi madre me
preparaba la bolsa con comida para todo el día, llegaba ya entrada
la noche y lo único que me apetecía era meterme en la cama, porque
estaba derrengado.
Y
es que nunca se me dio bien estudiar, no me concentro, se me olvida
todo en cuanto lo escucho, encima en los exámenes me pongo nervioso
y ni inventándome las respuestas consigo aprobar nada.
Dijo
mi padre: -Pues
si no vales para estudiar, a formación profesional-
Como si en formación profesional no se tuviera que estudiar…
Mi
viejo lo tiene bien, porque entró en “la Pegaso” de joven y ahí
sigue, todo lo ve desde su perspectiva y no comprende que la vida no
es igual para todos.
Es
posible que sea lo que dice “la Blanqui”; que no aprendo porque
no me interesa lo que enseñan en la escuela, -porque
de motos no hay nadie que sepa más que tú-
dijo. Y es verdad, conozco a todos los pilotos del circuito, hasta
los del motociclismo junior.
“La
Blanqui” es tan delgada que no tiene casi culo, lleva el pelo muy
corto, como si fuese un chico y es que no va a la peluquería, se lo
rapa ella con una maquinilla de esas que tiene peines de diferentes
alturas.
Así
y todo, un día “el Perla” nos contó que entre bromas y veras le
tiró los tejos, dice que le dijo: -No
te preocupes Perla, que si un día me apetece follarme a un tío, tú
serás el primero al que se lo proponga-
y se partía de risa entre la broma y el efecto del canuto.
Cuando
pillo algún curro de esos como el de la obra, le doy todo el dinero
a mi madre, porque ella es la que organiza y luego me va dando para
ir tirando, y es que no sé cuando será la próxima vez que vuelva a
cobrar y ella siempre me larga un billete de veinte euros de cuando
en cuando. “Ahora
que estás parado podías echar una mano a tu tía Tere para limpiar
los cristales, me ha llamado y dice que te daría una buena propina”.
Cincuenta
euros me soltó mi tía Tere.
Esta
mañana con cincuenta euros en el bolsillo y la tarjeta transporte
cargada que me dio mi viejo para que fuera a la obra, pensando que me
iba a durar más el curro, salí de casa más feliz que una perdiz,
había dormido bien, no me pesaba vivir y había una luz especial en
todo el barrio, como si los colores fuesen más intensos.
En
el banco de al lado de la farola estaban mis colegas fumando un
chiri, me lo pasaron en cuanto llegué. -Benditos
los ojos que te ven-, dijo
Antonio. Pegué un par de caladas y se lo pase a “la Blanqui”,
-Alguien
tiene que levantar España- dije,
y se rieron todos.
A
continuación saqué los cincuenta euros y la tarjeta transporte y
solté: “Os
invito a bocata de calamares en la puerta del sol”.
Antonio
se levantó del banco como impulsado por un resorte diciendo -Vamos-
Paco
“el Perla” empezó a bailar brazos en alto y chasqueando los
dedos como un artista flamenco cantando: -Ole,
ole-
y
“la Blanqui” me cogió del brazo diciendo: -Este
es mi hombre-
Durante
el viaje en metro me fueron poniendo al día de las cosas que habían
pasado en el tiempo que yo no había estado, se atropellaban hablando
unos con otros, la movida era muy fuerte, empezó “el Perla”
diciendo: “la
Blanqui” está viviendo en la casa de Antonio.
Blanca
Sepúlveda Andrés, “la Blanqui”, no se lleva bien con su padre,
un día contó que su padre una noche borracho se había pasado con
ella.
-Cómo
pasado- Preguntó
“el Perla”.
Pero
ella solo dijo: -“Pues
eso, que se pasó”-
y
nos quedamos con la duda.
El
caso es que desde aquel día lo aborreció de tal manera que le
culpaba hasta de la muerte de su madre.
-A
ver Blanqui, tu madre murió de cáncer-,
la decía “el Perla”,
-Si
mi padre no le hubiera dado la mala vida que le dio, mi madre no
habría desarrollado un cáncer-
-¿Pero
la pegaba?-
-No,
ese cobarde no la pegaba, era peor, la hundía psicológicamente
hasta dejarla sin personalidad-
-Yo
la decía mamá vámonos-
y
ella llorando me decía: -¿Y a dónde vamos a ir si soy una inútil
que no sirvo para nada?-
El
padre de Blanqui es funcionario del ayuntamiento, fuera de casa no
bebe nunca, es un alcohólico clandestino, se emborracha en casa cada
noche, por la mañana aparece siempre recién duchado, afeitado y
perfumado en la oficina. Meticuloso y puñetero, no tiene amigos y
nunca va a las comidas de navidad, ni de jubilación de los
compañeros, porque dice que no tiene ganas de aguantar borrachos.
Manda huevos.
“La
Blanqui” trabajó unos meses en un supermercado, pero la encargada
se quejaba de que solo servía para reponer, que no podía ponerla en
la caja porque era poco femenina, siempre sin maquillar, con ese pelo
corto y esas pintas de tío, no podía dejarla cara al público.
Para
mas inri un ocho de marzo se presentó en el supermercado con el pelo
pintado de morado, esa fue la gota que desbordó el vaso y la echaron
a la calle.
Antonio
iba para ingeniero industrial, aprobó todas las asignaturas del
primer curso en junio, no se matriculó de segundo.
Su
padre murió de un infarto, estaba de autónomo con una franquicia
alemana de electrodomésticos, cotizaba el mínimo para ganar más,
la pensión de viudedad que le quedó a la madre no daba para el
alquiler y se tuvieron que meter de ocupas en un piso vacío del
banco malo.
Todos
sus vecinos disfrutan de electricidad gracias a una derivación que
llevó Antonio desde un transformador a doscientos metros del
edificio, estuvieron cavando él y cuatro vecinos toda una noche para
esconder el cable.
Con
todo es Antonio el único que tiene trabajo fijo, que no dinero fijo,
un hermano de la madre que tiene atracciones de feria le paga por
firmarle las inspecciones, le dijo que se sacara el título de
instalador electromecánico, y así se quitaba de encima al que se
las firmaba antes.
“La
Blanqui” se presentó hace una semana en la puerta de la casa
ocupada de Antonio. Abrió su madre.
-Antoniooo-
gritó
la madre.
-Si
ves que pintas- decía
Antonio muerto de risa, -En
una mano llevaba un petate que se había fabricado con una funda de
almohada-
-Lo
que pude encontrar- se
quejaba Blanca.
-En
la otra mano una maleta atada con cordones de zapatos anudados-
Seguía
Antonio
-Es
que no cerraba- protestaba
Blanqui.
-Una
mochila en la espalda y dos bolsos colgados de los hombros-
-Hombre
claro, no iba a dejar mis bolsos allí-
Yo
les dí un abrazo a los dos porque todo aquello me pareció tan
tierno que me emocioné, y el Perla se abrazó a los tres formando
una piña en mitad del vagón del metro.
Nos
bajamos en Sol, sin decir nada nos fuimos a la terraza del bar, no
nos hacía falta pensar ni consultar, ya sabemos cual es el que hace
los mejores bocatas de calamares al mejor precio.
Tuvimos
la suerte de que un grupo se estaba levantando de la mesa justo
cuando llegábamos, era nuestro día, todo el planeta estaba a
nuestra disposición, iba a ser un día perfecto, lo supe desde que
me levanté de la cama.
-Cuatro
bocatas de calamares, una jarra de cerveza y cuatro copas- Pedí
Estábamos
deleitándonos con nuestros bocadillos y unos tragos de cerveza fría,
cuando de pronto Paco “el Perla” dejó el bocadillo en el plato,
saltó de la silla, salió de debajo de la sombrilla y sin decir nada
señaló con el dedo un punto del cielo y se quedó mirando.
Permaneció
en esa postura casi medio minuto, yo fui a levantarme a ver que era
pero Antonio me cogió del brazo y me dijo no con la cabeza. A “la
Blanqui” se le escapaban ronquiditos por la nariz tratando de
evitar soltar una carcajada, un grupo de turistas se paró a mirar
hacia el lugar del cielo donde Paco “el Perla” estaba señalando,
luego “el Perla” se sentó y siguió con su bocata.
Cuando
unos turistas se cansaban de mirar sin ver nada y seguían su camino,
otros se quedaban mirando hacia donde habían visto mirar a los
anteriores.
Cerca
de la una decidimos que había que volver para llegar a casa a la
hora de comer, cuando bajábamos las escaleras del metro todavía
había turistas mirando al cielo.
Finchu
Carrera 01/12/2025