miércoles, 10 de diciembre de 2025

 

Hechos Vividos


Maldigo mi mala memoria, porque yo tendría que recordar su nombre, porque lo supe, y le llamé muchas veces por el, pero ya no me acuerdo.


Porque después de aquel día hable con él muchas veces, pero ahora casi treinta años después, solo recuerdo ese primer día en que le conocí. Y es que me impactó profundamente.


Saldría de trabajar en jornada de mañana seguramente, no lo recuerdo bien, creo que no era festivo y en la televisión estaban dando el telediario del medio día.


El caso es que paré en el último bar que quedaba cerca de casa a tomar un vaso de vino blanco.


En las imágenes que proyectaba el televisor apareció la dirigente comunista Dolores Ibárruri “La Pasionaria”, presidiendo la mesa del congreso de diputados.


Entonces fue cuando el viejo se levantó de la mesa, cuadrándose militarmente levantó el puño cerrado de su mano derecha y lloraba. Cómo lloraba aquel viejo.


¡Venga no me jodas! decía uno, acodado en la barra. ¡Ya sólo nos faltaba eso! decía otro.


Cuando el murmullo empezaba a ser abucheo, intervine, le tomé por los hombros, me le llevé al fondo de la barra y le invité a un vino.


-Yo estuve en las marismas- decía. Se refería a la construcción del embalse del Ebro.


Pobrecillo, no debía saber leer ni escribir.


-Nosotros lo llamábamos las marismas, porque trabajábamos con el agua hasta la cintura, se nos caían los dedos de fríu.


-Nos daban una lata de sardinas “pa” cada dos, yo estaba desnudo, con todo al aire, ya me entiendes, solo me tapaba con un saco de patatas que había “encontrau”, y una “mujeruca” de Arroyo, que era viuda de guerra-


No me dijo de que bando, tampoco debía importar demasiado quien la había dejado viuda.


-Se me acercó y me arrojó un “buzu”-.


Se refería a un mono de trabajo.


-Que debía ser de su “defunto”, y un guardia civil hijo de puta, que la vio, la “metio” con el fusil en los riñones, que la dejó doblada, que cada vez que me acuerdo…


Qué mira joder. Qué mira como lloro “mecagüendios.”


Y lloraba aquel viejo, cómo lloraba aquel viejo.

martes, 9 de diciembre de 2025

 

EL CORNAMENTA.


Era uno de los mas famosos de “Las Eras” y eso que en este barrio casi todos éramos muy famosos, además era famoso por beber mucho vino, que también era difícil destacar por eso, pero en donde destacaba de verdad era en las trifulcas que tenia con su mujer, cuando acertaba a llegar a casa.


A la mujer de “el Cornamenta” la llamaban “la María Goretti”. Yo la recuerdo como a la bruja de Blancanieves, flaca y siniestra, con la nariz como el pico de una urraca y pintada de forma exagerada.


Hoy tengo una sensación a caballo entre la pena y la ternura, pero entonces era un niño y lo que la tenía era miedo.


Recuerdo un día que estábamos jugando en la calle. Aquella calle de tierra de mi infancia en la que tan bien se jugaba y por la que solo circulaba el carro del panadero. Y sin darnos cuenta apareció de pronto, llevaba un vestido hasta los pies de pana cortada verde, que parecía sacado de las cortinas de la mansión del terror, y a modo de cinturón un cordón trenzado de un verde mas claro y chillón, obtenido seguramente del mismo sitio.


Salimos corriendo despavoridos a refugiarnos en el portal de casa, mientras ella, sin mirar a nadie y con porte altivo, continúo su camino.


Las peleas que tenían “el Cornamenta” y “la Goretti” eran tremendas y en varias ocasiones los vecinos alarmados llamaron a los municipales.


Finalmente acabaron los dos frente juez.


El Cornamenta”, de ahí le viene el apodo, acusaba a su mujer de adulterio, juraba que su mujer le engañaba con otros, y cuentan que el juez completamente estupefacto le respondió: Perdone que le contradiga buen hombre, pero es que su mujer esta hecha contra la lujuria”.


No se que fue de aquella mujer, lo que sé es que finalmente se quedó solo, y el desastre, se convirtió en catástrofe.


A los pantalones no le cabían más lamparones, por cinturón llevaba una cuerda, y con otra cuerda se ataba la suela al empeine de los zapatos rotos. De su casa salía un olor insoportable, otra vez los vecinos se quejaron.


Cuentan que el día que entraron los de sanidad, tuvieron que hacerlo con mascarillas, y dijeron que aquello era la casa de los horrores.


Por respeto a sus estómagos no les describo como estaba aquel piso, pero se lo pueden imaginar.


Había que tomar medidas al respecto, alguien tenia que hacer algo, y el gerente del asilo de ancianos, con la mejor voluntad cristiana de cura bueno, ideó un plan.


El plan consistía en conseguirle un trabajo, que le permitiera cotizar el tiempo suficiente para recibir una pensión de la seguridad social, para más tarde, hacerse cargo de él en el asilo, sin que supusiera una carga económica excesiva.


Convenció a un ganadero amigo suyo para que le contratase como peón en su hacienda; el ganadero supo entonces el alto precio que hay que pagar a veces por una sincera amistad.


No había forma de hacer vida de aquel empleado, cuando no llegaba borracho, simplemente no llegaba. No solo no le ayudaba en nada, sino que le daba más trabajo todavía.


El tiempo que duró aquel contrato fue un continuo sinvivir para el abnegado empresario, pero todo llega en la vida y finalmente le tramitaron la pensión.


Todo iba sobre ruedas, en el asilo le mantenían aseado y cuando salía de paseo por el pueblo, la gente viéndole pulcro y decente, comenzaba a saludarle y decirle que estaba muy guapo y que así daba gusto verle.


Él sonreía mostrando sus pocos dientes podridos y decía que era cosa de las monjas del asilo.


Pero no se puede luchar contra los elementos. Y en este caso se trataba de un elemento de mucho cuidado.


El cobro de la pensión la debe hacer el propio pensionista. Así pues “el Cornamenta” cada mes iba a la caja de ahorros, retiraba su pensión y la entregaba en el asilo, allí se la administraban, estoy seguro, con absoluta coherencia para mantenerle con cierta dignidad y un poco mas.


No sé si por iniciativa propia o por que alguien le dijera algo, el caso es que se le metió en la cabeza que el dinero que le daban todos los meses en la caja de ahorros. Era íntegramente suyo y que no tenía por qué darle nada a la monja.


Todas las explicaciones que le dieron fueron en vano.


Vale que aquel asilo tenía carácter benéfico y se atendía a toda persona necesitada, pero el que podía, estaba obligado a costear su mantenimiento. Y él sí podía, pues cobraba una pensión.


Finalmente pasó lo que tenía que pasar, se marcho del asilo.


Se metió en una pensión que para “el Cornamenta” tenía la enorme ventaja de disponer de bar en la planta baja, además le fiaban el vino desde mediados de mes, el mes que llegaba a mediados.


Allí me le encontré un día, y sin más ni más, se vino hacia mi señalándome con el dedo y me espetó: ¿Tú sabes lo que es ser pensionista, eh, tú sabes lo que es ser pensionista?.


Yo negué con la cabeza para ver por donde salía, y continúo: Pues pensionista quiere decir que yo con mi dinero puedo irme de pensión adonde yo quiera.


Finchu

miércoles, 3 de diciembre de 2025

 

El extraterrestre

Llegó en un platillo volante envuelto en una nube blanca que lo ocultaba de la vista y se quedó levitando sobre una pista deportiva donde varios jóvenes jugaban a fútbol-sala.

- ¿Pero qué me estás contando?


- Tú calla.


Tenía unas pequeñas antenas que le salían de la parte alta de sus puntiagudas orejas.


-Jojojo. ¡Cómo tienes la cabeza muchacho!


-¡Qué me dejes!


Con sus dos grandes ojos negros que ocupaban la mayor parte de su cara de color verde, era capaz de ver cerca, lejos, pasado, presente y futuro. Y aunque no tenía nariz, dos pequeños orificios conectaban con un sistema olfativo capaz de detectar hasta las intenciones.


- ¡Ole!


- Su boca era pequeña y prudente. El extraterrestre era capaz de mimetizarse, transformarse en cualquier cosa que quisiera.


Y así, viendo a los chavales jugar en la pista, decidió hacerse jugador de fútbol-sala.


Tomó la velocidad del más rápido.


Del que mejor regateaba copió el regate.


Del que disparaba con mayor fuerza y precisión copió el tiro.


Del que tenía más inteligencia para posicionarse en el campo copió su visión de juego.


Y del más tenaz luchador, su arrojo y constancia.


- Venga, vale. Y ahora vas y te despiertas.


- ¿Es que tienes otra cosa que hacer?


- No


- Pues entonces cállate un poquitín que estás más guapo, y déjame que te cuente.


Se materializó en la puerta del polideportivo un día que había partido y faltó un jugador.


Preguntó al entrenador si podía jugar.


Y así fue como empezaron a conocerle en las pistas de fútbol-sala.


Rápidamente se corrió la voz de un jugador jovencísimo que jugaba con el desparpajo de un veterano.


Un zurdo que tiraba igual de bien con la pierna derecha.


Capaz de regatear en una baldosa y con una fortaleza física fuera de lo común.


Cuando otro jugador percutía contra él, salía despedido como si una fuerza invisible le alejara.


- Sí claro, como si las tarascadas no doliesen.


- Si eres extraterrestre, no. Pero claro, tiene que hacer como que le duele, para que no sepan que es extraterrestre.


- ¡Vaya toalla!


Así que claro, debutó en primera división con 19 años terrestres. Pero los extraterrestres no computan esas cosas, así que vete a saber desde cuando existe.


Él intenta no llamar mucho la atención para que no se le note mucho, pero en los momentos en los que el equipo flojea, entonces aparece con una recuperación de balón, un recorte que deja sentado al cierre y un gol a media altura pegado al poste que hace inservible la cruz del portero.


- Estás como una cabra tío.


- ¿Porqué crees entonces que llegó a la selección tan joven?


- Antes de llegar a la selección absoluta ya pasó por las selecciones juveniles. Qué te crees. El chaval es muy bueno, no te lo voy a negar. Pero de eso a que sea extraterrestre... Hace falta tener mucha imaginación. Extraterrestre… Vamos. Pero si es de la región.


- Sí, Bueno, pero es que los de esta región sois todos bastante extraterrestres.



Pequeño homenaje a Miguel Ángel Cano Mellado

por lo mucho que disfruto con su juego.


Finchu Carrera

 


El Perla


A mi lo que más me gusta es estar con mis colegas del barrio, siempre acabamos con risas y un poco pedos, a veces soy yo el que no tiene dinero, a veces es Paco “el Perla”.


En el barrio todos tenemos mote, a mi me dicen “el Guti” porque me apellido Gutiérrez. Todos menos Antonio, que le decimos Antonio, es así, más serio y parece como que no apetece ponerle mote.


Antonio es el más alto del grupo, tiene el pelo muy negro y ensortijado de su herencia gitana, un abuelo suyo, el padre de su padre era gitano, a mi me recuerda a la foto de la portada de un disco de Antonio Molina que tiene mi madre, yo le digo que para que quiere los discos de vinilo si no tiene tocadiscos y dice que son un recuerdo de su abuela.


Paco “el Perla” es más bajo que yo, tiene el pelo marrón, su cara con esa nariz echada hacia adelante recuerda al de una rata, es el tipo más divertido que conozco, siempre está con sus ocurrencias y sus bromas haciéndonos reír a todos, aunque a veces nos pone en aprietos, porque se mete con la gente, les vacila y alguno se mosquea.


Pues te contaba que a veces andamos sin dinero pero raro es que no haya alguno que tenga algo y se agencie un litro fresquito en el quiosco, y si viene “la Blanqui” pidiendo papel, es que trae un poco de maría y compartimos unas caladas del porro.


Por nuestro banco de la esquina, donde la farola, a veces se nos pega alguno del barrio, pero la mayor parte de las veces estamos nosotros cuatro y si nos han ocupado el banco nos vamos a las escaleras de la bajada al puente de la autovía.


Llevaba yo unos meses que apenas me juntaba con ellos, porque me había buscado mi padre un curro en una obra y estaba bastante lejos -tardaba casi una hora en llegar entre autobús y metro- además se trabajaba mañana y tarde, más alguna hora extra. Mi madre me preparaba la bolsa con comida para todo el día, llegaba ya entrada la noche y lo único que me apetecía era meterme en la cama, porque estaba derrengado.


Y es que nunca se me dio bien estudiar, no me concentro, se me olvida todo en cuanto lo escucho, encima en los exámenes me pongo nervioso y ni inventándome las respuestas consigo aprobar nada.


Dijo mi padre: -Pues si no vales para estudiar, a formación profesional- Como si en formación profesional no se tuviera que estudiar…


Mi viejo lo tiene bien, porque entró en “la Pegaso” de joven y ahí sigue, todo lo ve desde su perspectiva y no comprende que la vida no es igual para todos.


Es posible que sea lo que dice “la Blanqui”; que no aprendo porque no me interesa lo que enseñan en la escuela, -porque de motos no hay nadie que sepa más que tú- dijo. Y es verdad, conozco a todos los pilotos del circuito, hasta los del motociclismo junior.


La Blanqui” es tan delgada que no tiene casi culo, lleva el pelo muy corto, como si fuese un chico y es que no va a la peluquería, se lo rapa ella con una maquinilla de esas que tiene peines de diferentes alturas.


Así y todo, un día “el Perla” nos contó que entre bromas y veras le tiró los tejos, dice que le dijo: -No te preocupes Perla, que si un día me apetece follarme a un tío, tú serás el primero al que se lo proponga- y se partía de risa entre la broma y el efecto del canuto.


Cuando pillo algún curro de esos como el de la obra, le doy todo el dinero a mi madre, porque ella es la que organiza y luego me va dando para ir tirando, y es que no sé cuando será la próxima vez que vuelva a cobrar y ella siempre me larga un billete de veinte euros de cuando en cuando. “Ahora que estás parado podías echar una mano a tu tía Tere para limpiar los cristales, me ha llamado y dice que te daría una buena propina”.


Cincuenta euros me soltó mi tía Tere.


Esta mañana con cincuenta euros en el bolsillo y la tarjeta transporte cargada que me dio mi viejo para que fuera a la obra, pensando que me iba a durar más el curro, salí de casa más feliz que una perdiz, había dormido bien, no me pesaba vivir y había una luz especial en todo el barrio, como si los colores fuesen más intensos.


En el banco de al lado de la farola estaban mis colegas fumando un chiri, me lo pasaron en cuanto llegué. -Benditos los ojos que te ven-, dijo Antonio. Pegué un par de caladas y se lo pase a “la Blanqui”, -Alguien tiene que levantar España- dije, y se rieron todos.


A continuación saqué los cincuenta euros y la tarjeta transporte y solté: “Os invito a bocata de calamares en la puerta del sol”.


Antonio se levantó del banco como impulsado por un resorte diciendo -Vamos-


Paco “el Perla” empezó a bailar brazos en alto y chasqueando los dedos como un artista flamenco cantando: -Ole, ole-


y “la Blanqui” me cogió del brazo diciendo: -Este es mi hombre-


Durante el viaje en metro me fueron poniendo al día de las cosas que habían pasado en el tiempo que yo no había estado, se atropellaban hablando unos con otros, la movida era muy fuerte, empezó “el Perla” diciendo: “la Blanqui” está viviendo en la casa de Antonio.


Blanca Sepúlveda Andrés, “la Blanqui”, no se lleva bien con su padre, un día contó que su padre una noche borracho se había pasado con ella.


-Cómo pasado- Preguntó “el Perla”.


Pero ella solo dijo: -“Pues eso, que se pasó”- y nos quedamos con la duda.


El caso es que desde aquel día lo aborreció de tal manera que le culpaba hasta de la muerte de su madre.


-A ver Blanqui, tu madre murió de cáncer-, la decía “el Perla”,


-Si mi padre no le hubiera dado la mala vida que le dio, mi madre no habría desarrollado un cáncer-


-¿Pero la pegaba?-


-No, ese cobarde no la pegaba, era peor, la hundía psicológicamente hasta dejarla sin personalidad-


-Yo la decía mamá vámonos-


y ella llorando me decía: -¿Y a dónde vamos a ir si soy una inútil que no sirvo para nada?-


El padre de Blanqui es funcionario del ayuntamiento, fuera de casa no bebe nunca, es un alcohólico clandestino, se emborracha en casa cada noche, por la mañana aparece siempre recién duchado, afeitado y perfumado en la oficina. Meticuloso y puñetero, no tiene amigos y nunca va a las comidas de navidad, ni de jubilación de los compañeros, porque dice que no tiene ganas de aguantar borrachos. Manda huevos.


La Blanqui” trabajó unos meses en un supermercado, pero la encargada se quejaba de que solo servía para reponer, que no podía ponerla en la caja porque era poco femenina, siempre sin maquillar, con ese pelo corto y esas pintas de tío, no podía dejarla cara al público.


Para mas inri un ocho de marzo se presentó en el supermercado con el pelo pintado de morado, esa fue la gota que desbordó el vaso y la echaron a la calle.


Antonio iba para ingeniero industrial, aprobó todas las asignaturas del primer curso en junio, no se matriculó de segundo.


Su padre murió de un infarto, estaba de autónomo con una franquicia alemana de electrodomésticos, cotizaba el mínimo para ganar más, la pensión de viudedad que le quedó a la madre no daba para el alquiler y se tuvieron que meter de ocupas en un piso vacío del banco malo.


Todos sus vecinos disfrutan de electricidad gracias a una derivación que llevó Antonio desde un transformador a doscientos metros del edificio, estuvieron cavando él y cuatro vecinos toda una noche para esconder el cable.


Con todo es Antonio el único que tiene trabajo fijo, que no dinero fijo, un hermano de la madre que tiene atracciones de feria le paga por firmarle las inspecciones, le dijo que se sacara el título de instalador electromecánico, y así se quitaba de encima al que se las firmaba antes.


La Blanqui” se presentó hace una semana en la puerta de la casa ocupada de Antonio. Abrió su madre.


-Antoniooo- gritó la madre.


-Si ves que pintas- decía Antonio muerto de risa, -En una mano llevaba un petate que se había fabricado con una funda de almohada-


-Lo que pude encontrar- se quejaba Blanca.


-En la otra mano una maleta atada con cordones de zapatos anudados- Seguía Antonio


-Es que no cerraba- protestaba Blanqui.


-Una mochila en la espalda y dos bolsos colgados de los hombros-


-Hombre claro, no iba a dejar mis bolsos allí-


Yo les dí un abrazo a los dos porque todo aquello me pareció tan tierno que me emocioné, y el Perla se abrazó a los tres formando una piña en mitad del vagón del metro.


Nos bajamos en Sol, sin decir nada nos fuimos a la terraza del bar, no nos hacía falta pensar ni consultar, ya sabemos cual es el que hace los mejores bocatas de calamares al mejor precio.


Tuvimos la suerte de que un grupo se estaba levantando de la mesa justo cuando llegábamos, era nuestro día, todo el planeta estaba a nuestra disposición, iba a ser un día perfecto, lo supe desde que me levanté de la cama.


-Cuatro bocatas de calamares, una jarra de cerveza y cuatro copas- Pedí


Estábamos deleitándonos con nuestros bocadillos y unos tragos de cerveza fría, cuando de pronto Paco “el Perla” dejó el bocadillo en el plato, saltó de la silla, salió de debajo de la sombrilla y sin decir nada señaló con el dedo un punto del cielo y se quedó mirando.


Permaneció en esa postura casi medio minuto, yo fui a levantarme a ver que era pero Antonio me cogió del brazo y me dijo no con la cabeza. A “la Blanqui” se le escapaban ronquiditos por la nariz tratando de evitar soltar una carcajada, un grupo de turistas se paró a mirar hacia el lugar del cielo donde Paco “el Perla” estaba señalando, luego “el Perla” se sentó y siguió con su bocata.


Cuando unos turistas se cansaban de mirar sin ver nada y seguían su camino, otros se quedaban mirando hacia donde habían visto mirar a los anteriores.


Cerca de la una decidimos que había que volver para llegar a casa a la hora de comer, cuando bajábamos las escaleras del metro todavía había turistas mirando al cielo.


Finchu Carrera 01/12/2025






jueves, 13 de marzo de 2025

El mayor susto de mi vida

Aquella mañana se me puso todo el pelo blanco, dormía plácidamente cuando noté algo frio tocando mi nariz, abrí los ojos y vi que era un prisma de vidrio, una cuenta colgante de la lámpara, caí de sopetón sobre la cama, el susto de mi vida se produjo al darme cuenta de que había estado levitando.

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