miércoles, 3 de diciembre de 2025

 


El Perla


A mi lo que más me gusta es estar con mis colegas del barrio, siempre acabamos con risas y un poco pedos, a veces soy yo el que no tiene dinero, a veces es Paco “el Perla”.


En el barrio todos tenemos mote, a mi me dicen “el Guti” porque me apellido Gutiérrez. Todos menos Antonio, que le decimos Antonio, es así, más serio y parece como que no apetece ponerle mote.


Antonio es el más alto del grupo, tiene el pelo muy negro y ensortijado de su herencia gitana, un abuelo suyo, el padre de su padre era gitano, a mi me recuerda a la foto de la portada de un disco de Antonio Molina que tiene mi madre, yo le digo que para que quiere los discos de vinilo si no tiene tocadiscos y dice que son un recuerdo de su abuela.


Paco “el Perla” es más bajo que yo, tiene el pelo marrón, su cara con esa nariz echada hacia adelante recuerda al de una rata, es el tipo más divertido que conozco, siempre está con sus ocurrencias y sus bromas haciéndonos reír a todos, aunque a veces nos pone en aprietos, porque se mete con la gente, les vacila y alguno se mosquea.


Pues te contaba que a veces andamos sin dinero pero raro es que no haya alguno que tenga algo y se agencie un litro fresquito en el quiosco, y si viene “la Blanqui” pidiendo papel, es que trae un poco de maría y compartimos unas caladas del porro.


Por nuestro banco de la esquina, donde la farola, a veces se nos pega alguno del barrio, pero la mayor parte de las veces estamos nosotros cuatro y si nos han ocupado el banco nos vamos a las escaleras de la bajada al puente de la autovía.


Llevaba yo unos meses que apenas me juntaba con ellos, porque me había buscado mi padre un curro en una obra y estaba bastante lejos -tardaba casi una hora en llegar entre autobús y metro- además se trabajaba mañana y tarde, más alguna hora extra. Mi madre me preparaba la bolsa con comida para todo el día, llegaba ya entrada la noche y lo único que me apetecía era meterme en la cama, porque estaba derrengado.


Y es que nunca se me dio bien estudiar, no me concentro, se me olvida todo en cuanto lo escucho, encima en los exámenes me pongo nervioso y ni inventándome las respuestas consigo aprobar nada.


Dijo mi padre: -Pues si no vales para estudiar, a formación profesional- Como si en formación profesional no se tuviera que estudiar…


Mi viejo lo tiene bien, porque entró en “la Pegaso” de joven y ahí sigue, todo lo ve desde su perspectiva y no comprende que la vida no es igual para todos.


Es posible que sea lo que dice “la Blanqui”; que no aprendo porque no me interesa lo que enseñan en la escuela, -porque de motos no hay nadie que sepa más que tú- dijo. Y es verdad, conozco a todos los pilotos del circuito, hasta los del motociclismo junior.


“La Blanqui” es tan delgada que no tiene casi culo, lleva el pelo muy corto, como si fuese un chico y es que no va a la peluquería, se lo rapa ella con una maquinilla de esas que tiene peines de diferentes alturas.


Así y todo, un día “el Perla” nos contó que entre bromas y veras le tiró los tejos, dice que le dijo: -No te preocupes Perla, que si un día me apetece follarme a un tío, tú serás el primero al que se lo proponga- y se partía de risa entre la broma y el efecto del canuto.


Cuando pillo algún curro de esos como el de la obra, le doy todo el dinero a mi madre, porque ella es la que organiza y luego me va dando para ir tirando, y es que no sé cuando será la próxima vez que vuelva a cobrar y ella siempre me larga un billete de veinte euros de cuando en cuando. “Ahora que estás parado podías echar una mano a tu tía Tere para limpiar los cristales, me ha llamado y dice que te daría una buena propina”.


Cincuenta euros me soltó mi tía Tere.


Esta mañana con cincuenta euros en el bolsillo y la tarjeta transporte cargada que me dio mi viejo para que fuera a la obra, pensando que me iba a durar más el curro, salí de casa más feliz que una perdiz, había dormido bien, no me pesaba vivir y había una luz especial en todo el barrio, como si los colores fuesen más intensos.


En el banco de al lado de la farola estaban mis colegas fumando un chiri, me lo pasaron en cuanto llegué. -Benditos los ojos que te ven-, dijo Antonio. Pegué un par de caladas y se lo pase a “la Blanqui”, -Alguien tiene que levantar España- dije, y se rieron todos.


A continuación saqué los cincuenta euros y la tarjeta transporte y solté: “Os invito a bocata de calamares en la puerta del sol”.


Antonio se levantó del banco como impulsado por un resorte diciendo -Vamos-


Paco “el Perla” empezó a bailar brazos en alto y chasqueando los dedos como un artista flamenco cantando: -Ole, ole-


y “la Blanqui” me cogió del brazo diciendo: -Este es mi hombre-


Durante el viaje en metro me fueron poniendo al día de las cosas que habían pasado en el tiempo que yo no había estado, se atropellaban hablando unos con otros, la movida era muy fuerte, empezó “el Perla” diciendo: “la Blanqui” está viviendo en la casa de Antonio.


Blanca Sepúlveda Andrés, “la Blanqui”, no se lleva bien con su padre, un día contó que su padre una noche borracho se había pasado con ella.


-Cómo pasado- Preguntó “el Perla”.


Pero ella solo dijo: -“Pues eso, que se pasó”- y nos quedamos con la duda.


El caso es que desde aquel día lo aborreció de tal manera que le culpaba hasta de la muerte de su madre.


-A ver Blanqui, tu madre murió de cáncer-, la decía “el Perla”,


-Si mi padre no le hubiera dado la mala vida que le dio, mi madre no habría desarrollado un cáncer-


-¿Pero la pegaba?-


-No, ese cobarde no la pegaba, era peor, la hundía psicológicamente hasta dejarla sin personalidad-


-Yo la decía mamá vámonos-


y ella llorando me decía: -¿Y a dónde vamos a ir si soy una inútil que no sirvo para nada?-


El padre de Blanqui es funcionario del ayuntamiento, fuera de casa no bebe nunca, es un alcohólico clandestino, se emborracha en casa cada noche, por la mañana aparece siempre recién duchado, afeitado y perfumado en la oficina. Meticuloso y puñetero, no tiene amigos y nunca va a las comidas de navidad, ni de jubilación de los compañeros, porque dice que no tiene ganas de aguantar borrachos. Manda huevos.


“La Blanqui” trabajó unos meses en un supermercado, pero la encargada se quejaba de que solo servía para reponer, que no podía ponerla en la caja porque era poco femenina, siempre sin maquillar, con ese pelo corto y esas pintas de tío, no podía dejarla cara al público.


Para mas inri un ocho de marzo se presentó en el supermercado con el pelo pintado de morado, esa fue la gota que desbordó el vaso y la echaron a la calle.


Antonio iba para ingeniero industrial, aprobó todas las asignaturas del primer curso en junio, no se matriculó de segundo.


Su padre murió de un infarto, estaba de autónomo con una franquicia alemana de electrodomésticos, cotizaba el mínimo para ganar más, la pensión de viudedad que le quedó a la madre no daba para el alquiler y se tuvieron que meter de ocupas en un piso vacío del banco malo.


Todos sus vecinos disfrutan de electricidad gracias a una derivación que llevó Antonio desde un transformador a doscientos metros del edificio, estuvieron cavando él y cuatro vecinos toda una noche para esconder el cable.


Con todo es Antonio el único que tiene trabajo fijo, que no dinero fijo, un hermano de la madre que tiene atracciones de feria le paga por firmarle las inspecciones, le dijo que se sacara el título de instalador electromecánico, y así se quitaba de encima al que se las firmaba antes.


“La Blanqui” se presentó hace una semana en la puerta de la casa ocupada de Antonio. Abrió su madre.


-Antoniooo- gritó la madre.


-Si ves que pintas- decía Antonio muerto de risa, -En una mano llevaba un petate que se había fabricado con una funda de almohada-


-Lo que pude encontrar- se quejaba Blanca.


-En la otra mano una maleta atada con cordones de zapatos anudados- Seguía Antonio


-Es que no cerraba- protestaba Blanqui.


-Una mochila en la espalda y dos bolsos colgados de los hombros-


-Hombre claro, no iba a dejar mis bolsos allí-


Yo les dí un abrazo a los dos porque todo aquello me pareció tan tierno que me emocioné, y el Perla se abrazó a los tres formando una piña en mitad del vagón del metro.


Nos bajamos en Sol, sin decir nada nos fuimos a la terraza del bar, no nos hacía falta pensar ni consultar, ya sabemos cual es el que hace los mejores bocatas de calamares al mejor precio.


Tuvimos la suerte de que un grupo se estaba levantando de la mesa justo cuando llegábamos, era nuestro día, todo el planeta estaba a nuestra disposición, iba a ser un día perfecto, lo supe desde que me levanté de la cama.


-Cuatro bocatas de calamares, una jarra de cerveza y cuatro copas- Pedí


Estábamos deleitándonos con nuestros bocadillos y unos tragos de cerveza fría, cuando de pronto Paco “el Perla” dejó el bocadillo en el plato, saltó de la silla, salió de debajo de la sombrilla y sin decir nada señaló con el dedo un punto del cielo y se quedó mirando.


Permaneció en esa postura casi medio minuto, yo fui a levantarme a ver que era pero Antonio me cogió del brazo y me dijo no con la cabeza. A “la Blanqui” se le escapaban ronquiditos por la nariz tratando de evitar soltar una carcajada, un grupo de turistas se paró a mirar hacia el lugar del cielo donde Paco “el Perla” estaba señalando, luego “el Perla” se sentó y siguió con su bocata.


Cuando unos turistas se cansaban de mirar sin ver nada y seguían su camino, otros se quedaban mirando hacia donde habían visto mirar a los anteriores.


Cerca de la una decidimos que había que volver para llegar a casa a la hora de comer, cuando bajábamos las escaleras del metro todavía había turistas mirando al cielo.


Finchu Carrera 01/12/2025






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