Cómo podía imaginarme yo aquello.
Se presentó en el bufete un día de primeros de noviembre. Pidiendo asesoramiento porque iba a cometer un asesinato.
Qué cómo lo hacía para evitar la cárcel, decía.
Claro… Le eché. Le dije que tendría que poner en conocimiento de la policía lo que acababa de oír.
Que los abogados más que nadie estamos obligados a cumplir la ley precisamente por su profundo conocimiento.
Qué lo que acababa de hacer, en el caso de que cometiese el crimen, era convertirme en su cómplice.
Él se levantó tranquilamente y me dijo: Mañana cuando regrese usted del tanatorio vendré y le haré un regalo.
Efectivamente regresó al día siguiente, tenga, me dijo, me entregó un boleto del sorteo de los ciegos y se fue.
Me quedé estupefacto, no supe reaccionar, acababa de volver del tanatorio, tal como predijo el día anterior.
Aquella noche mi amigo Esteban había tenido un accidente.
Incomprensiblemente se salió de la carretera en una recta, era un buen conductor.
Puede que se quedara dormido al volante, comentaban los que estaban en la puerta.
Yo estaba destrozado, tan triste y decaído que no supe reaccionar cuando aquel extraño personaje me entregó el boleto.
Me vi a mi mismo solo en mitad de mi despacho, hecho un guiñapo, como un idiota con el brazo extendido y el cupón en la mano.
Tiré con rabia el cupón a la papelera sin mirarlo siquiera y me puse a trabajar.
Tenía un caso que me traía de cabeza, el juez quería solucionarlo antes de navidad porque seguramente querría irse de vacaciones y nos estaba metiendo toda la prisa del mundo.
Aquél sumario tenía más de mil folios y era de una complejidad tremenda y aunque éramos varios abogados los que estábamos con el caso había trabajo de sobra para todos.
Era ya de noche cuando la secretaria me tocó la puerta.
Don Alberto, me dijo, es ya muy tarde, tengo que irme.
¿Qué hora es? le pregunté mientras miraba la hora en el ordenador.
Pero mujer, la reñí, ¿Cómo se ha quedado usted hasta tan tarde?
-Es que cómo usted no se iba…
-Pero mujer… Bueno, está bien, se lo agradezco, váyase y apúntese las horas extras.
Irene, mi secretaria, dejó abierta la puerta del despacho, tenía la radio encendida y oí: “El número premiado de hoy es el diecisiete mil ciento treinta y siete”.
De golpe volví a acordarme de aquel tipo, del cupón, del crimen que decía iba a cometer, de Esteban, del tanatorio…
Saqué de la papelera el boleto y me empezaron a temblar las manos, no me lo podía creer, estaba premiado, todas las cifras por su orden exactamente.
El premio no era grande, treinta y cinco mil euros.
Hombre... estaba bien, pero tampoco era para volverse loco.
Lo que si era para volverse loco era lo de aquel extraño a quien había echado del bufete, del que no sabía ni su nombre y que parecía capaz de adivinar el futuro.
¿Me escuchará ahora? me dijo. Me estaba esperando en el recibidor a primera hora de la mañana.
-Pase a mi despacho, le respondí. Siéntese por favor, y explíquese.
-Yo tengo dificultad para dormir, sabe usted... y no recuerdo como me enteré, ni quien me recomendó aquel pequeño establecimiento de medicina natural regentado por un anciano asiático, no sé si chino o coreano o vietnamita. Asiático…
El caso es que he vuelto varias veces por allí y no lo encuentro, ya no está, el bajo está vacío y a penas me quedan pastillas, he preguntado por la zona, incluso he visto a la propietaria del local, ¿y sabe lo que me dijo?
-Yo levanté las cejas y me encogí de hombros. Qué iba yo a saber…
-Pues me dijo, continuó, que allí había una peluquería, que desde que se jubiló el peluquero al que se lo tenía alquilado, había estado cerrado. ¿No es para volverse loco?
-Loco me estás volviendo a mi, pensé.
-Fíjese que yo creí que fue mi amigo Pepe el que me recomendó aquella tienda de medicina natural el día que estuvimos comiendo en el restaurante chino…
-Yo pensaba. Este hombre se enrolla como una persiana. Con todo lo que tengo que hacer. Y todavía no sé ni cómo se llama. Ni cómo supo lo de mi amigo Esteban. Ni lo del cupón…
-Pues jura y perjura que él no sabe nada de ningún chino…
-Perdone, le corté, ¿usted como se llama?
-Ceferino Lorenzo Carrizo, Lorenzo es apellido, lo digo siempre porque hay gente…
-Vale. Gracias. Volví a cortarle, Por favor. Podría explicarme, de la manera más breve posible, qué es lo que quiere de mí.
-Pues eso hago, es que la cosa tiene miga, eh?
-¿Miga? suspiré profundamente y me armé de paciencia.
-He llegado incluso a llevar una pastilla a un laboratorio para que la analicen ¿Y sabe que resultado me dieron?
-¡Yo que voy a saber, hombre de dios! Pensaba mientras apretaba los puños. Los dientes. Y hasta los dedos de los pies.
-Pues trigo. Eso dicen. Que básicamente es sémola de trigo aglutinada con panela. ¿Sabe que es la panela?
-Yo negaba con la cabeza a punto de echarme a llorar. ¡El asesinato lo voy a cometer yo! Pensé.
-Pues es. Porque lo he buscado en Google. El jarabe de la caña de azúcar sin refinar, espesado y solidificado. Y además me dijeron que contiene, algunos aceites esenciales de difícil especificación. Ácido lisérgico. Y un alcaloide. Probablemente thc, que sale de la marihuana.
-Tú lo que pasa es que te pones hasta trancas, pensé.
-Pero en cantidades minúsculas, no se vaya usted a pensar…
-¿Y esas pastillas, se las toma usted para dormir, dice?
-Sí
-¿Y funcionan?
-Claro. Pero lo más extraño es que cuando me duermo tengo sueños proféticos.
Esto no se lo puedo contar a nadie porque nadie me cree. Bueno.. mi mujer sí. Porque le hice lo del cupón. Solo que a ella se lo hice con una primitiva y nos hemos quitado de trabajar. ¿Sabe usted?
-Yo le escuchaba y no sabía qué pensar, lo del cupón parecía una prueba definitiva, aunque la verdad es que aún no lo había comprobado. Y hasta que el premio no estuviera en mi cuenta no iba a tenerlas todas conmigo.
La desconfianza es un rasgo que los abogados desarrollamos por deformación profesional.
-Pues verá, a mi lo que me pasa es que cuando me tomo la pastilla y me acuesto. Al poco rato me levanto y voy a la cocina. Pero esto ya soñando.
Siempre pasa igual, al principio el sueño siempre es así, voy a la cocina y miro el calendario, porque yo tengo un calendario en la cocina…
-Otra vez enrollándose. ¡Qué pelma, Dios!
-Que es de esos que tienen una tira de plástico transparente, que por detrás tiene una goma para ajustarse a la página. Y en la tira de plástico un cuadrado rojo incrustado que se puede desplazar para señalizar el día. ¿Me sigue?
-Pufff. Se me escapó el aire. Casi no podía ya disimular el hartazgo que llevaba encima. Siga. Le dije.
-Pues bien. El día no lo elijo yo. Eso está puesto. Y entonces sueño ese día.
Al despertarme recuerdo muchos detalles del sueño. No todos. Pero sí cosas como la reunión que tenemos ahora usted y yo.
Esto para mí es como un déjà vu. Como si ya lo hubiera vivido. Porque yo lo he soñado y lo recuerdo.
-¿Y lo del asesinato?
-Ah. Pues el día once de diciembre. De ese día recuerdo poco. Pero sí que me veo saliendo de mi casa con un cuchillo de los que tengo en la cocina. En un cuchillero de esos de madera…
-Mecagüen to lo que se menea.
-Que tienen varios cuchillos de varias medidas. Bueno… pues el segundo más grande. Que no es tan ancho como el cebollero pero igual de largo…
-A mi me da ya todo igual. Di lo que quieras. Más aburrido no me puedes tener…
-Y con él apuñalo a mi vecino de arriba. Porque yo estoy mirando por la mirilla de la puerta. ¿Sabe usted?
-Esto no me puede estar pasando a mi.
Esperando a que baje. Y en cuanto pasa. Abro la puerta. Le pillo por detrás. Y le pego un montón de cuchilladas. Y le veo agarrarse a la balaustrada. Y como se va cayendo poco a poco por las escaleras mientras la vida se le escapa.
Y yo me siento bien.
Eso es lo que más me confunde. Que me siento bien. Como si me quitara un peso de encima…
-¿Pero es que tiene usted algún problema con su vecino de arriba?
-Qué va, si no sé ni cómo se llama. Hola y adiós cuando coincidimos en la escalera.
-Hombre… así a bote pronto. Lo que yo le recomendaría es ir lo antes posible al cuartel de la policía. Entregarse. Declarar que no sabe lo que le ha pasado, con el fin de alegar trastorno mental. Mostrar arrepentimiento, que es también atenuante. Someterse a examen psiquiátrico. Y esperar que el juez no sea demasiado severo.
Pero deme unos días para pensar… hoy es once, lunes, viernes… quince… Sí, el viernes. Déjeme pensar cómo solucionar esto.
Venga a verme el viernes.
-Gracias por su paciencia. Dígame qué le debo.
-Nada hombre. Con el premio del cupón estoy más que pagado. De hecho me parece demasiado. Tengo la impresión de que me estoy aprovechando de usted.
-Eso aún no se sabe. Si me saca de ésta, me parece hasta poco.
-¿Tiene usted hijos?
-Dos.
-¿De qué edades?
-El mayor catorce y el pequeño doce.
-Muy bien, pues en eso quedamos. Hasta el viernes pues.
En cuanto se fue, salí hacia la delegación de la ONCE a comprobar el cupón.
Irene me recordó que tenía reunión con el equipo de abogados en una hora.
Le dije que no se preocupara que volvía enseguida.
No hubo problema. Me hicieron una transferencia bancaria, que si bien no era de disposición inmediata, sí que podía sacar una parte en forma de crédito. El ingreso tardaría un par de semanas como mucho, me dijeron.
Ya tranquilo volví para la reunión que teníamos pendiente.
El portavoz del equipo nos había citado porque el juez le había llamado y había puesto fecha para el juicio.
Antonio, el compañero que estuvo con el juez nos informó.
Todos sabíamos que este tipo de delitos en el que estábamos trabajando, tenía un corto tiempo para su prescripción gracias a una reciente ley que había elaborado la derecha al verse salpicada por numerosos casos de corrupción, esta ley rebajaba en dos años el tiempo de prescripción y gracias a ello varios políticos corruptos se habían podido librar de la cárcel. Y según el juez, en este caso no iba a ocurrir, qué de eso ya se encargaba él.
Claro, hay que decir, que en este caso el edil imputado era del otro signo político. Y al juez se le estaba viendo el plumero.
Para evitar retrasos y prórrogas había desestimado más de trescientos folios del sumario para que éste no excediera los mil.
Todas las maniobras posibles ya las había agotado, y a nosotros nos correspondía ahora, buscar las tretas oportunas para dilatar al máximo el proceso y llegar a la prescripción. Porque el cliente estaba pringado hasta los ojos. Pero si él caía. Caían con él las empresas que había detrás. Y éstas untaban a unos y a otros.
Y por supuesto a nosotros también.
Llegó el viernes y Ceferino Lorenzo “Lorenzo es apellido”, estaba como un clavo a las ocho de la mañana en el recibidor del bufete.
-¿Ha pensado usted algo?
-Por supuesto, pase a mi despacho.
Abrí el cajón derecho de mi mesa, con la llave que siempre guardo en el bolsillo, y saqué los billetes de avión y las reservas de un hotel en La Plata. Al sur de Buenos Aires.
Un complejo vacacional en pleno verano austral. Que ya me gustaría a mí. Porque aquí estaba haciendo un frío que helaba hasta las pestañas.
Váyase usted con su mujer y sus dos hijos a pasar unas maravillosas vacaciones al otro lado de la tierra. Y no vuelva hasta el día quince.
Para entonces todo habrá pasado, y cuando regrese me llama y me cuenta.
Ya casi no me acordaba del bueno de Ceferino cuando sonó mi teléfono.
Había regresado. Había saludado al vecino de arriba como siempre que se le cruzaba con él en el portal.
Y me dio las gracias porque había llegado a pensar que todo aquello no había sido más que una pesadilla.
Pues para mi cuenta bancaria ha sido un bonito sueño. Le dije.
FIN






